La secuencia de acciones militares unilaterales de la Administración Trump en Siria y Afganistán, llevadas a cabo durante el encuentro con la presidencia china en el complejo residencial de Mar-a-Lago, Florida, está caracterizada por su valor tanto simbólico como militar. En la lectura de la mayoría de los comentaristas, tanto norteamericanos como internacionales, se trata de «demostraciones de fuerza» o ejercicios de «diplomacia coercitiva»: un recurso limitado y circunscrito a la fuerza militar como instrumento de presión político diplomática, utilizado con el objetivo de la negociación con las demás potencias, tanto regionales como globales; y una restauración, en las diferentes lecturas, de la credibilidad de la potencia estadounidense, puesta en tela de juicio por las decisiones de la Administración Obama.