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Ideologías de la Guerra en la Crisis del Orden

La guerra que viene, una Tercera Guerra Mundial a las puertas, fue un mito ligado a las ideologías de Yalta. Lo combatimos desde los primeros años Cincuenta, cuando era evidente que la consigna única «Ni Washington ni Moscú» no era suficiente. La batalla contra los dos bloques, contra el imperialismo unitario que los englobaba, contra el capitalismo de Estado que en la URSS se hacía pasar por socialismo, ciertamente salvó el principio internacionalista, pero era insuficiente para una estrategia revolucionaria. Había que oponerse también al imperialismo europeo, no solo al americano y al ruso; el verdadero reparto de Yalta en realidad escondía la alianza de facto entre Estados Unidos y Rusia para mantener a  Europa dividida. 

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Los Leopard y la rana

Parece que una rana está intentando escapar del agua hirviendo, aunque metida en un cazo calentado poco a poco su instinto de autodefensa la lleva a quedarse en el fondo, terminando cocida. Precisamente la rana hervida. Sería la táctica de quienes en la OTAN quieren elevar poco a poco el nivel del aprovisionamiento bélico a Kiev, calculando que Moscú tiene pocas posibilidades de reaccionar. La disputa sobre los Leopard 2 está anclada aquí. Ha crecido la presión sobre Alemania para que enviase esos tanques a Ucrania; Berlín se ha resistido, poniéndole a Washington la condición de que los EE.UU. hicieran lo mismo con sus tanques Abrams, y lo ha conseguido. No es sólo la renuencia por el peso de la historia, cuando durante la Segunda Guerra Mundial los pánzer alemanes surcaron aquellas llanuras contra la URSS, en la Operación Barbarroja. ¿Quién dice que Moscú no pase a considerar a Alemania y los otros que colaborarán (se anuncian Francia, Polonia, Gran Bretaña, los países bálticos, Finlandia, España, Holanda) como co-beligerantes con Kiev? Berlín quiere la garantía de que la seguridad de Europa sea indivisible con la implicación de los Estados Unidos. Hace cuarenta años la batalla de los euromisiles fue parecida; no obstante, hoy hay una guerra abierta, Moscú piensa que están cuestionados sus intereses vitales y es arduo pensar que se pueda obligar a negociar. Si se comprende el juego del imperialismo americano contra el imperialismo ruso, donde muchos habrían querido empujar solamente a Europa en primera línea, impacta el coro del intervencionismo entre los partidos y en las televisiones del Viejo Continente. Ahora mismo los Leopard 2 son un tema de los talk show, casi como si no hubiera una danza cada vez más cercana al borde del abismo, desafiando como un bluff la propia amenaza nuclear rusa. En el abanico de fuerzas del imperialismo europeo en déficit de centralización, no sólo pesa la intrusión americana o la arraigada aversión a Rusia de la Europa del Este; el hecho es que muchos olfatean la oportunidad para el rearme, comenzando por las propias Berlín y París. 

Al mismo tiempo, mientras se preparan nuevas ofensivas en primavera, el conflicto se ha congelado en una parálisis con condiciones horribles: las ciudades bombardeadas por misiles y atenazadas por el frío y los cortes de electricidad; los reclutas rusos mandados a la masacre para completar la conquista del Donbás.  

Más que nunca, una estrategia comunista e internacionalista es la única vía: oposición revolucionaria a todos los imperialismos y a todos los nacionalismos; unidad del proletariado ucraniano y ruso, y de todos los países. 


Círculos Internacionalistas de Zaragoza

Guerrra y reparto

Las regiones entre el Báltico y el Mar Negro están empapadas de sangre de guerras y repartos, en la contienda histórica entre la potencia alemana, el imperio ruso, el austrohúngaro y el otomano. En el siglo XX, los repartos del imperialismo han retomado el surco de esas fallas seculares. 
La misión de Kiev de Emmanuel Macron, Mario Draghi y Olaf Scholz pasará a la historia por haber abierto a Ucrania el camino hacia la UE. Harán falta años, habrá que tener en cuenta las tormentas de un Consejo europeo confederado donde se decide por unanimidad, serán muchas las condiciones que Kiev tendrá que respetar, pero el camino está marcado. He aquí el reparto de Ucrania, entre el imperialismo ruso y el imperialismo europeo, mientras los cañones no dejan de sonar: el Este asegurado a Moscú por vía militar y el Oeste capturado por la Unión por los flujos de capital y del mercado único, además de la asistencia militar a Kiev. 
La conferencia de Y alta, en 1945, sancionó la división entre la influencia estadounidense y la influencia rusa de una Europa arrollada por la catástrofe bélica, en un verdadero reparto entre los EE.UU. y la URSS, donde los Estados Unidos apoyaban de facto la debilidad de Rusia con el fin de mantener a Alemania y Europa divididas. 
Con la implosión de la URSS y la disolución de su esfera de influencia, entre 1989 y 1991, aparece un nuevo reparto: a lo largo de los años Noventa y los primeros años Dosmil, en oleadas, el Este de Europa se ha adherido a la OTAN y a la Unión Europea. Quedaban las zonas grises de esa división. En los Balcanes, Yugoslavia se ha disgregado entre incendios devastadores: aún arden algunas brasas, pero la mayoría de la zona está en la UE o ha iniciado el recorrido de adhesión. En Ucrania, Moldavia, Georgia, todas repúblicas que hasta 1991 habían formado parte de la URSS, la influencia europea se superpone al vecino exterior de Rusia. El nuevo juego estadounidense, compinchado con la oposición polaca y báltica, ha impedido que la solución fuera una especie de condominio entre Rusia y Europa; la agresión rusa ha hecho prevalecer una masacre al estilo balcánico sobre la hipótesis de neutralidad y de un grupo de Estados cojín. 
Con lo cual, el reparto ucraniano seguirá siendo un resultado envenenado. La UE pretende extenderse hasta Kiev y Odessa, sobre tierras históricas del imperio ruso, a lo largo de una falla sísmica destinada a permanecer en movimiento. Moldavia, avisan desde Moscú, será la nueva Ucrania. No ha terminado, y será así durante muchos años. El Internacionalismo comunista sigue siendo el único camino. 

"El impacto de la crisis ucraniana sobre el mundo laboral" es el título de un documento publicado el 11 de mayo por la OIT, la Organización Internacional del Trabajo. Son las primeras valoraciones sobre el coste económico de la guerra para nuestra clase, que obviamente se suma al trágico tributo en vidas humanas. 

El coste de la guerra para nuestra clase 

Los primeros en pagar son naturalmente los trabajadores ucranianos, con la pérdida de 4,8 millones de puestos de trabajo, el 30% de los 16 millones de antes de la guerra. También se considera que, de los más de 5 millones de ucranianos que han salido del país, unos 2,75 millones están en edad de trabajar y, de estos, 1,2 millones estaban efectivamente ocupados ames de huir, casi la mitad en tareas cualificadas. Después se tienen en cuenta 7,7 millones de desplazados en Ucrania, hacia las zonas no afectadas por los combates. La estimación completa de la OIT es que el 70% de la población ha sufrido el impacto de las hostilidades.