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Eurosolubles

Antes de que llegaran las bolsitas y cápsulas monodosis, había un polvo liofilizado soluble al instante, que por sí solo no es comparable a un auténtico café espresso. Ahora bien, hace tiempo que seguimos las peripecias de los soberanistas y populistas con la idea de que su futuro político dependiera de mostrarse eurosolubles. Haciendo referencia a los rasgos securitarios, xenófobos y hostiles hacia los inmigrantes, que se han convertido en moneda corriente en el debate europeo, hemos escrito que la "Europa que protege" podía haber utilizado el gruñido antiinmigrantes de los soberanistas, sujetándolos con la correa del consenso estratégico europeísta. 
Dicho y hecho. Tanto en Italia, como en Francia y en otros países europeos, ese fenómeno está en pleno desarrollo. En Italia el partido Cinque Stelle ya había emprendido su camino de conversión hace un año y medio, encargados nada menos que de la guía de la diplomacia italiana. La Lega incluso se volvió europeísta en una noche. En Francia una operación similar se apodera del Rassemblement National de Marine Le Peo: cambia la relación con Europa, ya no se habla de Frexit, y el euro se ha convertido en una moneda que protege. Por supuesto, es una señal de los tiempos: el soberanismo navega en malas condiciones, la pandemia secular no es cosa de aventureros y aficionados, y Donald Trump, el soberanista al mando en la Casa Blanca, se ha marchado de forma trágica y grotesca. Pero, sobre todo, es la señal del dinero de Europa con su plan de relanzamiento, al que nadie quiere renunciar. 
Draghi, Macron, Merkel, junto con los demás líderes del Viejo Continente, serán los intérpretes de más alto nivel de las directrices estratégicas de la UE, con la tarea de dirigir una reestructuración europea que marcará la próxima década. Será una batalla larga y un desafío temible para una oposición de clase. El enemigo está en nuestra casa: disfrazado de Europa que protege, el imperialismo europeo prepara nuevos conflictos en la contienda mundial y nuevas guerras. Con mayor razón no hay motivo para tragarse la bazofia de su transformación integral e instantánea. Hay otra política, la política comunista, hecha de seriedad, de conocimiento y de pasión por la lucha. Oposición proletaria al imperialismo europeo. 


La puesta en marcha del gobierno de Draghi ha reanimado a cúpulas sindicales, ansiosas de ser «implicadas» por el «gobierno de todos», especialmente en la era del Recovery fund. Es «concertación» la palabra a la que se hace referencia con más frecuencia en los comentarios sindicales. Lo es de modo explícito por parte de la CISL de Annarnaria Furlan, que pide «un gran acuerdo concertado» (II Messaggero, 8 de febrero). Pierpaolo Bornbardieri, secretario de la UIL, añade que «la concertación debe convertirse en un método para ayudar al país a recomen­zar», y también Maurizio Landini, de la CGIL, ve la «novedad» en el hecho de que «los interlocutores sociales se han involucrado en la fase de institución del nuevo gobierno» ("Conquiste del lavoro", 11 de febrero).

Dos etapas de la política imperialista europea 

En ese sentido, se desperdician las referencias al gobierno Ciarnpi de 1993, olvidando que esta «concertación» sirvió para contener el coste de la mano de obra. En cambio, viene negada cualquier similitud con el gobierno Monti, nacido en 2011 después de que Mario Draghi, corno presidente entrante del BCE, envió junto con el saliente JeanClaude Trichet la "carta secreta" al gobierno Berlusconi, solicitando intervenciones sobre las pensiones, el empleo público y reformas en la contratación y el mercado laboral: en definitiva, la «cura alemana» pagada por los trabajadores. 
No hay duda de que hoy nos encontrarnos en un segundo tiempo de la política imperialista europea, el del relanzarniento postpandernia. Pero es superficial pensar que la función de Draghi es simplemente gastar cientos de miles de millones. No se debe pasar por alto que este río de dinero fluye por el cauce de la reestructuración europea, y se da con la condición de reformas estructurales, incluida la transición energética, con miras a elevar la productividad del sistema en general y de las empresas en particular. 
También en el sindicato, todo esto impone un salto: si la reestructuración es europea, si el gobierno de Draghi es "europeo", es en ese nivel donde se debe jugar la partida. «Levantar la mirada», corno invoca Landini, requiere estudio, visión y organización de un verdadero sindicato europeo. 

Desempleo y falta de contratación 

En el frente laboral, la primera fecha límite del nuevo gobierno es el 31 de marzo con el fin de la congelación de los despidos y los ERTE por la Covid. La demanda sindical es de prórroga hasta el final de la emergencia. Desde la patronal, en cambio, ya llegó la petición de su presidente Carla Bonorni de levantar el bloqueo a los des­pidos y prolongar el CIG-Covid solo a empresas en grave dificultad, eliminando las limitaciones para las demás ("La Starnpa", 4 de febrero).
En caso de eliminar el bloqueo, sin embargo, muchos esperan cientos de miles de nuevos desempleados, los que se sumarían a los 444.000 puestos de trabajo perdidos en 2020, según cálculos del ISTAT. Hay también otro dato a tener en cuenta. El boletín trimestral de Unioncamere y ANP AL prevé una reducción de las contrataciones en casi un cuarto con respecto a hace un año, con un pico del 4 7% en los sectores de alojamiento y restauración: a los despidos hay que añadir, por tanto, la falta de contratación. Con una paradoja, pero no nueva: un tercio de las contrataciones previstas en el período son difíciles de realizar por falta de mano de obra, sobre todo en lo que respecta a técnicos y titulados, pero también de trabajadores del sector metalcánico ( fundidores, soldadores, fabricantes de herramientas, etc.). Pero la idea de que un camarero despedido pueda de repente convertirse en soldador deja a algunos perplejos. 

El convenio de los metalúrgicos 

Mientras tanto, en febrero se llegó a un acuerdo para la renovación del convenio de los metalúrgicos. La cifra del aumento salarial obtenido (112 euros mensuales en el 5° nivel) se encuentra a medio camino entre la demanda sindical (alrededor de 150 euros) y la oferta patronal de 65 euros. Pero en la cuenta hay que considerar que tal aumento, dividido en cuatro tranche, entrará en vigor en junio de 2024, cuatro años y medio después de la expiración del convenio anterior ( diciembre de 2019). Ciertamente se trata de un aumento salarial superior al arrancado en el acuerdo de 2016 cuando, también debido a una precipitada elección sindical, se limitó solo a la recuperación de la inflación. Pero sobre las ganancias reales hay una cláusula: salvo acuerdos específicos, el aumento absorbe los "super mínimos", una partida de los salarios a nivel empresarial o individual particularmente extendida en los estratos administrativos y técnicos, que pueden así encontrarse con un aumento inferior o incluso nulo. 
Dicho esto, es extraño escuchar de los líderes sindicales himnos al «resultado extraordinario»: así se han expresado Francesca Re David de FIOM-CGIL como Roberto Benaglia de FIM-CISL. Quizás es una reacción al sorteado peligro de una no renovación. Sin embargo, no parece el caso ni de exaltarse ni de condenarse: se trata más bien de tomar nota de un acuerdo determinado por la situación no ciertamente favorable para nuestra clase, una base sobre la que asentarse para dar pasos futuros hacia adelante.

Estratos salariales profundos en la Europa opulenta 

En el abanico de estratificaciones de clase no podemos olvidar los estratos profundos, los que más han pagado y están pagando por la crisis inducida por la pandemia. Incluso en la patria de la economía social de mercado, Alemania, terminan siendo abandonados. La denuncia proviene del semanario Die Zeit del 28 de enero. Muchos han perdido sus minijobs. No solo eso: si bien es cierto que la inflación se ha estancado en el 0,5%, los precios de los productos de primera necesidad han subido un 2,4% en 2020, afectando justamente a las rentas más bajas. Es más: el cierre de las escuelas y jardines de infancia ha provocado la falta de alimentación gratuita para los niños. Moraleja: «los pobres se han vuelto aún más pobres». «Muchos han sido ayudados (Kurzarbeiter, empresas, autónomos, estudiantes, familias), pero no los más pobres». 
Un estudio del Instituto de Ciencias Económicas y Sociales WSI, cercano a los sindicatos, calculó que en Alemania, frente a una pérdida media del 32% en los salarios provocada por la crisis, los tienen unos ingresos inferiores a 1.500 euros mensuales han perdido un 40%: «quien tenía menos ha perdido relativamente más» (Han delsblatt, 20 de noviembre de 2020). 
El fenómeno de los working poor, es decir, los asalariados con ingresos inferiores al 60% de la media, está en el centro de un análisis del sindicato europeo CES, basado en datos de Eu­rostat: en la UE casi uno de cada diez trabajadores (9,4%) entra en esta categoría y su número ha crecido en un 12% en el año de la pandemia. Se trata a menudo de jóvenes con trabajos temporales o de media jornada e inmigrantes. 

El círculo obrero en las estratificaciones salariales 

Otro estudio de la Comisión Euro­pea, de abril de 2020, estima que los inmigrantes son precisamente el 13% de los llamados trabajadores «esenciales»; y en algunos sectores son literalmente «esenciales para cubrir roles vitales». Son más de un tercio en limpieza, más de un cuarto en construcción, un quinto en cuidado de personas y en la industria alimentaria, un sexto entre conductores. El documento europeo señala que «entre los inmigrantes, los trabajadores poco cualificados están sobrerre presentados en una serie de ocupaciones clave, vitales en la lucha contra la Covid-19, mientras que su valor es a menudo pasado por alto». 
Es a todo este amplio espectro de estratificaciones salariales, desde el metalúrgico al joven dependiente de los servicios hasta el inmigrante, hacia donde se dirige la actividad de los círculos obreros, para defender las condiciones de trabajo y de vida y para unir a la clase en la estrategia de la lucha por el comunismo. 

¡ Hay dinero para los de Siempre !

Comienza la era del free money, el dinero gratias, escribe The Economist. A largo plazo es dudoso: de una manera u otra las cuentas tendrán que ser pagadas, quizás con el gigantesco aumento de la inflación: The Economist es la biblia del capital internacional y es escandaloso la manera en que exhibe sin pudor el viraje del nuevo delo, abierto con la crisis de la pandemia secular. Al comienzo diferentes dirigentes europeos casi no lo creían y después, en cambio, ha caído una verdadera lluvia de dinero. Roma y Madrid no han tenido que quejarse mucho para llevarse unabuena parte de la financiación europea y París ha obtenido 40 mil millones de euros en subvenciones del Recovery Fund que se destinarán a financiar el plan de recuperación del gobiernofrancés de 100 mil millones de euros en dos años. 
Su política a penas era capaz de gestionar la administración ordinaria y de manera imprevista, y de qué manera, es transportada a otro universo, a capear una crisis secular y a gestionar fondos de una entidad colosal. Un nuevo Plan Marshall, se dice, otro New Deal. 
Por lo tanto hay dinero, porque es el río de dinero que la UE orienta para coordinar las medidas necesarias para la recuperación económica. No obstante, continúa la actitud de la burguesía que quiere hacer pagar la cuenta a los asalariados. Y no una vez sino dos veces: por la crisis, y por la incapacidad de los grandes centros del capital para contener la plétora pequeñoburguesa y un parasitismo voraz y desbordante. Más aún, la clase dominante parece haber aprendido de 2008, y quiere anular una nueva insurgencia del populismo propietario: de aquí surge un rasgo casi surrealista de la gestión de la crisis, que mientras cuenta los positivos de virus, rodea de atenciones y subvenciones a los hoteles, restaurantes, tiendas turísticas y bed and break ast. 
Más que nunca, entre los trabajadores divididos y fragmentados por la crisis, la brújula de la defensa de clase sigue siendo indispensable. Más que nunca, a su política hay que contraponer nuestra política comunista.
Las prospectivas de la ocupación, en el mundo y en Italia, aunque sujetas a muchas variables, no parecen muy ha lagüeñas. La OCDE estima para 2020 una desocupación de un 9,4% en el conjunto de los países avanzados, un 12,4 en Italia y un 12,3 en Francia. 
El dato cierto es que incluso en la denominada fase 3 permanecen las divisiones entre los trabajadores y, en ciertos aspectos, se acentúan. 

Las estratificaciones de clase son golpeadas de manera diferente 

Durante el lockdown hemos oído elo­giar a los trabajadores "esenciales", sin. los cuales todo se habría parado y que, por lo tanto, se han visto obligados a trabajar incluso sin las protecciones adecuadas. Ahora, escribe el Financial Times del 7 de ju­io, estos trabajadores que ya «están entre los menos pagados», es difícil que tengan un aumento: «el destino de los trabajadores con salarios bajos será la cuestión política y económica fundamental». 
A ellos se les ha unido quien ha retomado el trabajo después del parón forzado. Ahora, en Italia, más de 10 millones tienen frente así una cita con la negociación colectiva. Confindustria, en palabras de su presidente Carla Bonomi, avisa: los aumentos contractuales van unidos a la productividad y «deberían darse a nivel de empresa» (Corriere della Sera, 28 de julio). Clarísimo: las peticiones ya presentadas, por ejemplo de los metalúrgicos (incrementos salariales de un 8% ), no son de recibo. 
Además está quien ha perdido el trabajo o, también, quien no lo tenía, y durante estos meses ni siquiera ha podido buscarlo. Hay trabajadores con contratos parciales y el vasto grupo de trabajadores precarios, comenzando por el turismo y los servicios, pero también de la industria y la construcción. A menudo se trata de trabajadores inmigrantes, "en negro" y por lo tanto sin redes de protección.