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Crisis Ucraniana

La brújula estratégica UE a la prueba en la crisis ucraniana

Los dos frentes que resumen la nueva fase estratégica, en Ucrania y en Taiwán, pesan en el debate europeo en torno a la brújula estratégica que será adoptada por la Unión. Le Monde escribe que las tensiones en Ucrania complican el debate: siguiendo el ejemplo de Polonia, varios países del Este europeo juzgan inoportuna una señal de «autonomía» y «soberanía» en las confrontaciones con el aliado estadounidense, en el momento en que la amenaza rusa presiona. Algunos retoques al primer borrador, dice "Politico.eu", tienen la marca de la garantía atlantista, pero está en duda si serán suficientes para Varsovia o las capitales bálticas. Siempre para Le Monde, además, los europeos recelan de la solicitud de Washington de un frente común hacia China, pero esto comporta un precio a pagar que aumenta la fricción en la relación transatlántica y pone en tensión un consenso siempre «frágil» en el interior de la Unión.

Raja Mohan, en Indian Express, reflexiona sobre los nexos entre el tablero europeo y el asiático. Por mucho que se tienda a ver a Europa y Asia como «teatros estratégicos separados», siempre ha existido entre las dos regiones una «dinámica de interacción geopolítica». En la era co­lonial, la competición entre las potencias europeas en Oriente influyó profundamente la «geopolítica asiática». Cuando en 1917 el resto de Europa no siguió la revolución bolchevique, Lenin volvió su atención al Este, y esto definió las bases para una contienda prolongada entre Rusia y Occidente que «tuvo un profundo impacto en la evolución política interna de las naciones asiáticas». Tras la ruptura de la breve alianza contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, la política de la «contención» hacia la URSS constriñó a Washington a enfriar sus simpatías por los movimientos independentistas en Asia, apoyando a las potencias colonialistas europeas y alineándose «con el emergente nacionalismo asiático». Se olvida que si la contraposición entre la URSS y Occidente fue en Europa «guerra fría», en Asia fue un conflicto abierto, donde las dos partes libraron «largas y sangrientas guerras por procuración»
 
Hoy que vuelve a primer plano la confrontación entre grandes potencias, Mohan ve una dinámica invertida con respecto al siglo XX. 
«En el pasado,Asia fue el teatro secundario de la rivalidad incraeuropea. Hoy es el ascenso de Asia, y de China en particular, lo que está moldeando la geopolítica europea».en el siglo XIX y para la mitad del XX, Chipa fue el objeto del reparto entre las grandes potencias europeas; hoy es Pekín quien lidera el cambio en el orden europeo y global. En los años de la guerra fria, China fue el «junior partner» de la URSS; hoy es Pekín quien hace de «senior partner» en la relación con Moscú: aunque la fuerza militar rusa mantenga su importancia, el PIB chino es casi «diez veces» el ruso. En los años Setenta, China fue una «carta» jugada por Estados Unidos contra la URSS; hoy Pekín está a la parcon Washington, y en todo caso los dos frentes que resumen la nueva fase estratégica, en Ucrania y en Taiwán, pesan en el debate europeo en torno a la brújula estratégica que será adoptada por la Unión. Le Monde escribe que las ten­siones en Ucrania complican el debate: siguiendo el ejemplo de Polonia, varios países del Este europeo juzgan inoportuna una señal de «autonomía» y «soberanía» en las confrontaciones con el aliado estadounidense, en el momento en que la amenaza rusa presiona. Algunos retoques al primer borrador, dice "Politico.eu", tie­nen la marca de la garantía atlantista, pero está en duda si serán suficientes para Varsovia o las capitales bálticas. Siempre para Le Monde, además, los europeos recelan de la solicitud de Washington de un frente común hacia China, pero esto comporta un precio a pagar que aumenta la fricción en la relación transatlántica y pone en tensión un consenso siempre «frágil» en el interior de la Unión. 

Crisis del Orden y batalla de Clase

La crisis del orden, es decir, del equilibrio entre las potencias, provocada por la mutación colosal de las relaciones de fuerza causada por la irrupción de China. Una nueva estación de interven­cionismo y de capitalismo de Estado, porque en Europa y América se debe responder a los grandes grupos chinos, sobre el terreno de las tecnologías avanzadas y de la batalla eléctrica y digital. Un ciclo de rearme, desencadenado por los planes de Pekín de una fuerza militar «de clase mundial» antes de los próximos quince años y ali­mentado en consecuencia por la reacción de las otras potencias. El regreso de los EE.UU, a las relaciones atlánticas y a las instituciones del multilateralismo, después de la Administración Trump y su reacción errática y desordenada al declive americano. Las nuevas coordenadas de la cuestión europea, donde la UE se muestra capaz de influir sobre los Estados Unidos manteniéndolos fuera de una guerra fría con China, pero donde se retrasa la centralización de una capacidad de acción estratégico militar y todavía se discute sobre la fórmula de un pilar europeo de la Alianza Atlántica. 

Esto es lo que se iba a añadir en el cuadro de análisis recogido en este libro, siete años de estudio de las relaciones internacionales en artículos que van desde el invierno de 2013 hasta la primavera de 2021. Se ha pasado revista sobre una serie de crisis y batallas políticas que han marcado la contienda global, y que tienen como motor último precisamente aquel desigual desarrollo del imperialismo: por un lado el ascenso de Asia y de China, por el otro el declive relativo de América y de Europa. 
La crisis en Ucrania y la guerra en Siria mostraron la erosión del viejo orden. La propensión americana a retirarse de Oriente Medio, ya evidente con la línea del retrenchment de la Administración.
Obama, ha favorecido la entrada de otras potencias: Rusia y Turquía en primer lugar, en segundo plano China. Europa, frente a las columnas de prófugos a lo largo de la ruta de los Balcanes, ha vivido de primera mano los costes de su déficit estratégico: si no es capaz de vigilar su extranjero próximo, al Este o a lo largo de la orilla Sur del Mediterráneo, serán las contradicciones de aquella periferia las que la atraviesen .. 
Las últimas fases de la crisis global iniciada en 2008, con la crisis de la deuda soberana y de la batalla de Grecia, pusieron a prueba a la UE y el mantenimiento de la federación del euro; la Unión salió reforzada de forma decisiva en la arquitectura de sus poderes. 

Las fluctuaciones globales y la presión migratoria han sido los dos cuernos de una colisión externa que ha golpeado a las estrati­ficaciones sociales de la madurez imperialista, y ha desencadenado un ciclo político nuevo. Es el ciclo político del declive atlántico y de la crisis de la social democratización; la afirmación de Donald Trump en América y de Boris Johnson y del Brexit en Gran Bretaña, la llamarada de los chalecos amarillos pero también la entrada de Emmanuel Macron en Francia, la aventura populista de la Lega y Cinquestelle en Italia, han registrado las insurrecciones electorales de la pequeña burguesía y de los estratos intermedios, sacudidos por los nuevos miedos que enciende la globalización. Los nuevos medios de comunicación, la política espectáculo de la democracia televisiva combinada con las comunicaciones digitales, han acentuado las oscilaciones más que favorecer la creación de un consenso en las opiniones públicas; los grupos y las fracciones de la clase dominante, en todas las viejas potencias, han visto fracturada la conexión con una base de masa para sus políticas, indispensable para afrontar los desafíos globales.

Para terminar, el Covid-19 ha irrumpido en la escena mundial con efectos impredecibles de amplitud histórica, precisamente los de una pandemia secular. La crisis, hemos escrito, «pone en confrontación y en competencia a toda la estructura de las potencias: los poderes, el Gasto Social sanitario, los presupuestos y deudas públicas, los sistemas políticos y la "estabilidad social" interna». 

Hay una conclusión sobre la que reflexionar: un hecho crucial es que la crisis del orden y sus enfrentamientos mundiales sacuden y movilizan al mismo tiempo a la ideología dominante. En las viejas potencias, el declive atlántico ha mostrado la «fragilidad» de la ideología liberal frente al desafío de Asia; en Pekín la batalla por un nuevo orden en el que se reconozca a China se viste con los mitos nacionalistas de un imperialismo en ascenso. Nuevos venenos de la movilización imperialista se difunden, en un crescendo cotidiano, en las viejas y las nuevas potencias. 
Este es el sentido de haber continuado estudiando, durante estos años, el desarrollo y las contradicciones del imperialismo unitario. La irrupción de Asia es una confirmación científica extraordinaria para la ciencia marxista, que parte de las tesis de Marx y Engels en el "Manifiesto comunista", pasa por la estrategia revolucionaria de Lenin y es restaurada en las "Tesis del 1957" de Arrigo Cervetto. Sin embargo, aquella victoria científica sería estéril si permaneciera encerrada sobre sí misma, si no se convirtiera en arma para la defensa de clase: el punto es que aquellos nuevos venenos de la ideología dominante deben ser comprendidos para ser combatidos. Cada crisis, cada guerra, cada colisión social, se convierte en el frente de una batalla internacionalista; por último, la lucha contra la pandemia secular ha revelado energías inesperadas, disponibles para reflexionar sobre las contradicciones de clase que incluso el virus ha desentrañado. 

Un veneno nuevo

El Grupo de los Siete, cúspide de la OTAN, bilateral entre Estados Unidos y Europa: se reúnen las potencias del viejo orden internacional centrado en la Alianza Atlántica y en Japón; el gran problema es precisamente la crisis del orden, que ya había empezado a tambalearse con el nuevo siglo. Se trata de China: en cuarenta años ha crecido a un ritmo sin precedentes; en los últimos veinte años ha madurado, convirtiéndose en potencia del imperialismo; en los próximos diez o quince años se va a afirmar en los sectores de la alta tecnología, va a disputar las materias primas para su propia expansión, va a exportar sus capitales por la Ruta de la Seda, se va a dotar de misiles, submarinos, aviones y portaaviones proporcionalmente a su importancia mundial. 
Para las viejas potencias, el dilema es cómo negociar con Pekín o cómo abordarlo. Por el momento, Europa no cede a las presiones de las corrientes americanas que desearían una contención asertiva de China; en las tres cumbres del Viejo Mundo se considera a Pekín al mismo tiempo como partner, como competidor y como rival: de alguna manera, es la vieja Europa la que ha frenado a Estados Unidos. En verdad, nadie sabe decir realmente cómo acabarán los próximos quince años. En la historia, no ha habido nunca un desplazamiento de potencia tan colosal, y ninguna transición a un nuevo orden se ha llevado a cabo nunca de manera pacífica. Si se discute cómo coexistir con el nuevo gigante asiático, se multiplican a la vez los planes de rearme; Taiwán y el Mar Chino Meridional son los nuevos teatros en medio de las planificaciones militares. 
El socialimperialismo es una política imperialista disfrazada en la retórica social y colectiva. Hay un veneno nuevo difundido por la clase dominante, a saber, la idea de que China, gigante del capitalismo de Estado y autocracia tecnológica devoradora del medio ambiente, sea el adversario de un capitalismo democrático y ecológico de las viejas potencias liberales. Por su parte, el socialimperialismo en China celebra la irrupción en el desarrollo global como una revancha precisamente sobre las viejas potencias, contrapaso al siglo de la humillación sufrida durante la era colonial. 
Tan solo el principio internacionalista, la unidad de clase contra todas las potencias y todos los imperialismos, puede hacer frente a las nuevas ideologías dominantes. La defensa de clase ha de organizarse en todos los aspectos, tanto en las condiciones materiales como en los cerebros: al igual que hemos luchado en la pandemia secular, de la misma forma hay que contrastar los venenos nuevos de la movilización imperialista. 

En mayo de 1988, Arrigo Cervetto escribía que la política reformista «no determina sino que sufre el desarrollo de las fuerzas productivas»: «Pretende reformar, programar y planificar, poner las riendas y cabalgar la economía burguesa, convirtiéndose en su triste Rocinante». Notemos que la comparación no es ni tan siquiera con Don Quijote sino con su caballo. 
Bien visto, ese juicio, dirigido a las corrientes reformistas en el movimiento obrero, puede valer para toda la burguesía. La fantasía de poder «cabalgar la economía» ha sido arrollada por la pandemia. 

Costes humanos y sociales para nuestra clase 

También a las clases dominantes de los países más desarrollados les ha pillado desprevenidas el virus que, si bien inesperado en las formas, se esperaba de todos modos. Y esto no por incapacidad, sino por estar sujetos a la lógica de la ganancia. Esto no le ha salido gratis a nuestra clase. 
El balance más trágico es el de los muertos en el trabajo, a menudo debido a la falta de los dispositivos de protección más básicos: en el año de los confinamientos y de las fábricas cerradas, los fallecimientos crecieron en Italia un sexto con respecto al año precedente, afectando sobre todo a las categorías mucho más expuestas, que van desde la sanidad hasta la logística, pasando por el comercio. En Francia, un estudio del Dares, el departamento de investigación del Ministerio de Trabajo, considera que el 28% de los empleados contagiados ha contraído el virus en el lugar de trabajo (o in itinere), los dos tercios eran enfermeros y comadronas (Le Monde, 31 de mayo). 

El mismo estudio registra que incluso quienes han seguido trabajando han visto empeoradas sus condiciones: para un tercio ha habido una «imensificación» de las tareas, especialmente en la Sanidad, en la asistencia social, en la Educación y en el comercio al por menor; para otra décima parte se ha tratado de una auténtica sobrecarga de trabajo, con turnos más frecuentes y aislamiento. Todo ello ha arrojado un resultado sorprendente: más contagios entre quienes han realizado teletrabajo con respecto a quienes se han quedado en la oficina; la explicación de dichos contagios estriba en el hecho de que una mayor presencia en casa, sobre todo si es angosta y abarrotada, los ha favorecido. 

Puestos conservados y puestos perdidos 

Luego está el capítulo de la pérdida de trabajo. En los países desarrollados esto ha sido mitigado por las diferentes formas de subsidio del paro, para compensar (solo parcialmente) las reducciones de jornada, un instrumento usado en mayor medida con respecto a la anterior crisis financiera. Por ejemplo, en Alemania en la primavera de 2020 se vieron afectados 6 millones de trabajadores, frente a los 1,5 millones de la anterior crisis (IZA Research Report, 18 de mayo). El modelo europeo continental ha conquistado también al Reino Unido, donde en mayo de 2020 casi 9 millones de trabajadores tuvieron esquemas reducidos de trabajo (furlough scheme). 
Por tanto, en general, las tasas de desempleo (oficial) en Europa no han aumentado mucho (0,2 puntos porcentuales en la UE de 27, frente a 1,5 puntos en 2009-10), pero a esta cifra hay que añadir un paralelo, e incluso mayor, deslizamiento hacia la inactividad de quienes, tras haber perdido el trabajo, no han tenido ni siquiera la oportunidad de buscarlo (IZA, cit.); eso sin contar a los trabajadores ilegales.
Y el mundo no es tan solo Europa: según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), son 114 millones los puestos de trabajo perdidos a nivel global. En realidad, serían 144, considerando los 30 millones de nuevos puestos que se habrían creado en 2020 si no hubiese estado la pandemia. Es el precio de energías desperdiciadas, además de vidas perdidas, impuesto por un sistema social que, pese a poseer los medios técnicos y científicos, resulta no estar preparado para hacer frente a las secuelas sociales de cualquier catástrofe. 

Regreso al futuro 

Sin embargo, cuán contradictoria es la sociedad capitalistica lo testifica el hecho que ahora, mientras que por lo menos en los países desarrollados se entrevé una posible salida de la pandemia, por otro lado asoman al mundo del trabajo los dilemas de la recuperación. Uno por encima de todos: la carencia de mano de obra. Detlef Scheele, jefe de la Agencia del trabajo alemana (BA), dice: «Con la superación de la pandemia volverán los problemas que el mercado del trabajo ya tenía antes del coronavirus» (Handelsblacc, 2 de junio). El periódico económico afirma que con dicha carencia ahora «se corre el riesgo de frenar el crecimiento». Un vuelco en pocos meses, aunque no sea una sorpresa. 
Los «problemas» tienen un nombre: envejecimiento de la sociedad, debido al descenso de la población, y dificultades a la hora de encontrar a jóvenes de nivel adecuado, entre otras cosas porque, tal y como denuncia la BA, en 2020 los empresarios redujeron las plazas de formación. Se trata, una vez más, de un caso de escasa previsión del capital y de su política.  
Sin embargo, no escasea tan solo la fuerza de trabajo cualificada. El Financia/ Times (29 de mayo) denuncia, en Alemania como en toda Europa, la falta de trabajadores en los sectores de la hostelería y turismo: bares, restaurantes y hoteles. Además, no olvidemos que estamos en la nueva temporada de las cosechas, que en toda Europa ya son posibles tan solo gracias al uso masivo de mano de obra extranjera. Con lo cual, aquí la paradoja se convierte en cinismo: trabajadores explotados cuando eran necesarios, dejados de lado durante la crisis, que para sobrevivir se vieron obligados a regresar a sus países de origen y que en la actualidad tienen dificultades para volver. O, si no, mantenidos en la "invisibilidad" y, por lo tanto, sin posibilidad de vacunarse. 
No solo en Estados Unidos el tema de la carencia de mano de obra ha entrado de lleno en el debate político. Bajo acusación se encuentra el nivel de los subsidios, con la tesis de que a un trabajador despedido le conviene quedarse en casa sin trabajar. De ahí la petición de la patronal de reducir las indemnizaciones. Aunque quizás el problema habría que mirarlo desde otro punto de vista completamente distinto: es que ciertos empleos están tan poco remunerados que incluso el subsidio acaba siendo superior. 

Carencia de mano de obra, necesidad de inmigrantes 

También en Italia vuelven a crecer los puestos vacantes, y no solo por la evolución de la coyuntura: es una tendencia que se va a manifestar cada vez más a lo largo del tiempo. El demógrafo Gianpiero Dalla Zuanna (Corriere de lla Sera, 5 de junio) considera que el balance entre salidas de jubilados y entradas de jóvenes determina un déficit de 270 mil trabajadores por cada año de la próxima década; teniendo en cuenta la mayor escolaridad de las nuevas generaciones, aumenta a 350mil el déficit de trabajadores no demasiado cualificados. Todo esto en la hipótesis de saldo 
migratorio nulo. Es decir, servirían 350 mil inmigrantes al año solo para cubrir 
este déficit de personal que, según aclara el demógrafo, es fundamental para la vida de la «clase media»: se trata de «los que limpian sus casas, se ocupan de los ancianos, trabaja en los mataderos, en los restaurantes, en los campos, en el inmenso sector de la logística … ». Y es verdad: «En el Recovery Plan nunca se habla de inmigración». 
En medio de estas contradicciones no faltan las "soluciones" de sentido común. Y he aquí que Confindustria aprovecha la ocasión para decir que bastaría con liberalizar los despidos para crear aquel «reajuste fisiológico» por el cual cada puesto de trabajo halla el suyo ocupado, y viceversa; como si se tratase de intercambiarse los cromos de los jugadores de fútbol para completar la colección. 

Concreción leninista 

Dario Di Vico (Corriere della Sera, 3 de junio) cita un dato al respecto que hace reflexionar: la reanudación de las contrataciones se ha traducido en 96 mil nuevos contratos temporales en un mes. Y se plantea una pregunta: «¿Estaremos yendo hacia una recuperación de la economía 
caracterizada por un claro predominio de los contratos temporales en lugar de los contratos indefinidos?». 
A la espera de la respuesta, será mejor reflexionar sobre el hecho que esta sociedad está muy avanzada pero, a la vez, no es adecuada para garantizar un desarrollo equilibrado del género humano. En este sentido, no hay que buscar la solución en la imposible "programación" de una realidad llena de contradicciones, sino en la concreción de la organización de clase, para intentar reducir el peso que inexorablemente se descarga sobre los hombros de los trabajadores, y en la lucha por el comunismo para salir definitivamente de esta prehistoria.

Crónicas de la Ruta de la seda

"Casi alianza" china en el Golfo Pérsico

Según Anthony Cordesman del CSIS de Washington, a finales de marzo China ha realizado un importante golpe estratégico en el Golfo Pérsico. El acuerdo de veinticinco años firmado en Teherán, durante la gira por Oriente Medio del ministro de Asuntos Exteriores chino Wang Yi, inyectaría 400 mil millones de dólares de inversiones chinas en Irán, a cambio de suministros petrolíferos baratos, pero los detalles son secretos: «Aunque si el acuerdo no tuviera una repercusión militar inmediata señala Cordesman representa un cambio importante en las actitudes estratégicas y sienta las bases de esta cooperación en el futuro. Como mínimo, proporciona a China un nuevo gran impulso estratégico en la región del Golfo, es decir, un área que controla el 20% de la oferta petrolífera mundial, la más crítica para los importadores asiáticos. Ningún Estado del Golfo, o potencia externa, puede ahora ignorar el creciente papel chino en el Golfo o uurar a Olina SÜI considerar el riesgo que expanda sus vínculos militares con Irán». Ninguna potencia, en otros términos, podría ignorar el desafío del Dragón a la doctrina Carter. 

Viraje en la arteria petrolífera 

El exembajador chino en Irán, Hua Liming del Instituto Chongyang de Pekín, comenta en este sentido el «punto de inflexión en las relaciones de China con Irán y la región». Hua recuerda al South China Morning Post que Pekín siempre ha prestado gran atención a la sensibilidad estadounidense y ha evitado acercarse demasiado a Teherán, después de la instauración de las relaciones oficiales entre Washington y Pekín en 1979: «Desde la administración Carter, Estados Unidos ha recordado a menudo a China que las relaciones con Irán se consideraban un impedimento para las relaciones chino-americanas. Pero los cambios fundamentales en las relaciones entre China y Estados Unidos de los últimos meses, esa era terminó». La entrada de China en el Golfo, como importador neto de petróleo en realidad se remonta a los años Noventa, y es el reflejo en los flujos petrolíferos del despegue imperialista chino que cambiará las relaciones de fuerza radicalmente. 
Según los mapas históricos de British Petroleum, en 1952 más del 70% del petróleo del golfo Pérsico transportado por mar iba a Europa y el 10% a Asia. La Review de 1973, unos años antes de que se formulara la doctrina Carter, delineó otros destinos: el 57% del petróleo árabe iba a Europa Occidental, pero ya el 14% a Japón y el 16% al resto del hemisferio oriental. Por lo tanto, según nuestro análisis, tanto la arteria petrolífera como la garantía americana sobre ella eran pluridimensionales- En 2019 los destinos se invierten: el 11% en Europa y el 78% en Asia. El motor desigual del desarrollo pone a prueba todas las doctrinas. 
China recibe el 24% del petróleo del golfo, India y Japón el 14% cada uno. Tokio compra principalmente petróleo saudí y de los Emiratos, Nueva Delhi sobre todo saudí e iraquí. No obstante, las sanciones, los suministros chinos tendrían tres pilares: Arabia Saudí, Irak e Irán. 

¿Potencial doctrina Carter china?
 
El Financiad Times define el acuerdo chinoiraní una «asociación estratégica de veinticinco años» que «activará las alarmas en la Casa Blanca y el Pentágono». Pero el periódico de la City, ahora de propiedad nipona, va aún más lejos: dice que China había intentado «reducir su dependencia de las rutas estratégicas del golfo y Sudeste Asiático, que la US Navy podía bloquear a su antojo», pero en los últimos años con la Ruta de la Seda.la estrategia china cambiaría. «Con la inversión civil y militar en estructuras y puertos a través de Oriente Medio, Pekín no solo quiere reducir el control americano sobre los suministros energéticos chinos en caso de conflicto, sino que también parece que quiere tener la capacidad de cortar esos suministros a los aliados americanos en Asia, si alguna vez se llega a ese punto». 
Proyectado en el golfo por la búsqueda de garantías sobre su petróleo, el Dragón sería capaz de condicionar el equilibrio asiático, mediante el petróleo, aunque en ausencia de un conflicto. Observamos que el programa de expansión naval chino sitúa esa perspectiva en los próximos quince años, cuando China adquiriría, en el golfo y rutas, un impulso estratégico crucial frente a Asia; pero también sería capaz de ofrecerse como garante o coga­rante de esas mismas rutas. Ninguna potencia, incluida Estados Unidos, podría ignorar tal amenaza tanto como tal oferta, o sea una especie de doctrina Carter china, que refleja la americana. 
En el Global Times, el embajador iraní en China, Mohammad Keshavarz-Zadeh, no desmiente que el acuerdo chinoiraní implique en realidad una cooperación militar para proteger la «paz» regional y la «libertad de navegación y comercio en las aguas tradicionales». Pero las líneas de proyección militar tan explícitas hacia la arteria petrolífera, aunque presentes en China, no parecen ser en este momento el baricentro del debate chino. El mismo Financial Times recoge las reservas de los «altos rangos» chinos según los cuales «esta postura podría desencadenar el conflicto con EE.UU. antes que China pueda vencerlo». 

La abstención de las "alianzas"

Y an Xuetong, rector del Instituto de Relaciones Internacionales de la Tsinghua, reconstruye en Leadership and the rise of great powers (2019) cuatro componentes de la política exterior china. Habría una línea «inactiva», que tiende a evitar los dilemas de la potencia ascendente en la dilación, redimensiona las ambiciones para reducir las tensiones, y llega a negarse a sí misma. Habría sido la linea de Hu Jintao. 
Yan critica también la línea «conservadora» que sigue «la doctrina del determinismo económico», define la economía como fundamento de la potencia y el interés económico como interés nacional primario. «Considerando el dilema ascendente radicado en el confiicto económico con otros Estados, estos conservadores optan por reducir la presión internacional expandiendo las relaciones económicas», lo que puede «reducir temporalmente las tensiones». En cambio, el autor se inclina por la línea «proactiva» que quiere ampliar la fuerza internacional de China haciendo algunas «alianzas», pero no sería predominante entre las corrientes chinas. 
Aunque China es ahora «,ascendente», escribe Yan, «ninguno de sus políticos ha mostrado una voluntad de adoptar la estrategia de las alianzas». Esto se debería a la persistencia del «no alineamiento» chino, un producto del anterior orden bipolar que «demoniza» las alianzas pero que daña hoy «credi­bilidad estratégica» de China. Por el momento, Pekín se abstiene de alianzas que implicarían un «cierto riesgo de guerra» e intensificarían los conflictos «estructurales» con EE.UU. 
En cuanto a una línea «agresiva» de expansión militar, se limitaría a «algunos oficiales militares chinos que están sosteniendo la adopción de la estrategia de expansión militar para con­seguir el renacimiento nacional chino, invocando las guerras agresivas que las potencias occidentales históricamente han conducido como el único enfoque viable». 

La línea de las casi alianzas 

Liu Feng, vicepresidente del Departa­mento de Relaciones Internacionales de la Universidad Nankai de Tianjin, escribe en Política de las alianzas (Beijing, 2018) que «la discusión en China sobre la necesidad o no de formar alianzas es particularmente acalorada». Este autor es indicado por Yan Xuetong entre los académicos que sostienen la variante «proactiva» de las alianzas, pero la suya es más bien un amplio examen de las posiciones chinas. Resumiendo, entre las corrientes políticas que impugnan el «no alineamiento» y aquellas en posicio­nes más avanzadas, hay una una línea intermedia de «casi alianzas o alianzas mórbidas». Formalmente, la «política exterior pacífica» de China se distingue de la «política tradicional de las alianzas» de las viejas potencias, pero en China hay también quien observa que las «alianzas» construidas por Xi Jinping y Wang Yi en estos años « de hecho constituyen algunas alianzas». Conviene prestar atención a estos matices. 
Para Sun Degang, especialista de Oriente Medio en la Fudan de Shanghái, «el acuerdo chino-iraní es una elección estratégica, realizada con una perspectiva global». Sun sostiene que China de­bería formar« alianzas casi selectivas», para enfrentar la actual fase de cambio donde «las fronteras entre enemigos y amigos se esfuman cada vez más». El núcleo de dicha estrategia sería «man­tener la ambigüedad estratégica y una mayor flexibilidad diplomática». 

Abandono del bajo perfil en el Golfo 

Las referencias de Sun Degang en La diplomazia delle quasi alleanze (Bei­jing, 2012) son la «política de equilibrio del poder» de Gran Bretaña, el «complejo sistema de alianzas continentales» de Bismarck y la renuencia del ascendente Estados Unidos a alianzas que lo «habrían atrapado en las infinitas controversias del continente europeo». También este autor reordena las posiciones chinas en cuatro variantes: una asiática centrada en Japón, un «nuevo frente unido» con Brasil, Rusia e India, o la prioridad para las relaciones con EE.UU. Aquí nos interesa la corriente china que considera a los países árabes-islámicos, en conflicto de intereses y valores con Occidente, «los aliados naturales de China». 
Se trataría de ofrecer a las potencias regionales del Golfo unas «casi alianzas» del tipo «relación de cuarenta años entre China y Pakistán», o en todo caso relaciones adaptas a una fase más dinámica de "recombinación" de las relaciones de fuerza multipolares. China, escribe Sun en otra intervención posterior, considera al Golfo un «asset crucial para promover su status de potencia mundial» y desde 2013 ha establecido «partnership estratégicas generales» con Irán, Arabia Saudí y los Emiratos; «partnership estratégicas» con Irak, Kuwait, Omán y Qatar; y una «relación cooperativa estratégica» con Turquía. 
Pekín «ve negativamente las prácticas occidentales de la política de las alianzas, las esferas de infliuencia y las sanciones económicas» e intenta evitar «las competencias directas para el control del Golfo con las potencias establecidas como la UE, Rusia y EE.UU.». Sin embargo, el defensor de las "casi alianzas" admite, «China no cree que pueda mantener su bajo perfil en la región por mucho más tiempo». 
A veces un debate académico anti­cipa posibles líneas políticas, captadas en las relaciones de potencia. Pero un acuerdo de veinticinco años entre China e Irán ya es un hecho: el compromiso estratégico chino en un área en la que hasta ahora se había mostrado reacio a exponerse.

Lucha contra el coronavirus

Sitios productores de vacunas anti Covid-19 en la UE y en Gran Bretaña. En algunas fábricas (evidenciadas en rojo) se produce la sustancia biológica activa, en otras se efectúan las fases finales de finalización, envasado en ampollas y confeccionamiento. En parte, las fábricas pertenecen a las empresas propietarias de la vacuna, más de la mitad pertenecen a sociedades que trabajan por cuenta de terceros (CDMO, Contract Development and Manufacturing Organization). Cuatro vacunas están autorizadas en la UE (BioNTech/Pfizer, Oxford/ AstraZeneca, Moderna e J&J); las demás están siendo examinadas por los entes reguladores (Cure Yac y Novavax) o todavía están en las fases de experimentación clínica. 
Fuentes: EDJNet - European Data Journalism Network, 5 de marzo; Comisión europea; comunicaciones de empresas.

Los aparatos industriales frente a frente

Según la sociedad de análisis ingle­sa Airfinity, en 2021 en todo el mundo se producirán unos 9,5 mil millones de dosis de las vacunas contra el Covid-19, el doble de la producción anual de todos los tipos de vacunas en la época de prepandemia (5 mil millones, excluyendo las antipolio orales, las vacunas para los viajeros y para uso militar), frente a una necesidad, para inmunizar a dos tercios de la población mundial, de 11,5 mil millones de dosis (Airfinity, 8 de marzo). El desarrollo de las vacunas ha sido excepcionalmente rápido, aunque su fabricación a larga escala ha presentado dificultades y retrasos. Y a en 2020 se produjo tan solo el 4% de las dosis previstas ( op. cit.). 
La producción se concentra en un número limitado de países, en gran medida interdependientes por las cadenas de suministro que atraviesan las fronteras de los Estados y los continentes. Entre los países productores, el Banco Mundial identifica un «Covid-19 vaccine producers club» de 13 países que fabrican tanto el principio activo como sus componentes. Este restringido «Vaccine Club» se ha adjudicado también el 60% del total de los Advance Purchase Agreements (APA) las compras anticipadas de vacunas con las compañías farmacéuticas (World Bank, The Covid-19 vaccine production club, marzo de 2021). 
La preocupación del Banco Mundial es que «las formas agresivas de nacionalismo vacunal», limitando las exportaciones, rompan las cadenas de suministro globales. En cambio, la Organización mundial de la salud (OMS) teme que las vacunas en gran parte del mundo, como en África, no lleguen antes de 2023 o 2024. 

En junio del año pasado, la alianza global para las vacunas GA VI, junto a Coalition for Epidemic Preparedness Innovations (CEPI) y a la OMS, promovió el programa COV AX que incluye 192 países con la finalidad de garantizar una justa distribución global de las vacunas, proporcionando inicialmente dos mil millones de dosis, por dos tercios gratuitamente, a 92 países de renta baja. Las donaciones escasean y, dos meses después del inicio de la campaña de vacunaciones, COV AX todavía no había podido entregar una dosis a los países más pobres (Financia[ Times, 13 de febrero). Inicialmente concebido como un único centro de selección para los pedidos de vacunas en el mundo, del cual todos los países, ricos y pobres, habrían obtenido sus dosis, observa el periódico de la City, el programa ha naufragado en la carrera a los acuerdos bilaterales entre las naciones más ricas y las sociedades propietarias, y el destino prioritario a las exigencias internas practicada por países como Estados Unidos, Gran Bretaña y, más recientemente, también 
por la India. 
La limitada producción unida al contencioso surgido sobre los suministros entre la Comisión Europea y las sociedades farmacéuticas en particular con la anglosueca AstraZeneca ha impulsado a varios líderes europeos 
(y a varias personalidades científicas y políticas) a plantear la cuestión de las patentes. El presidente del consejo europeo, Charles Michel, a principios de año planteó la posibilidad para la UE de adoptar "medidas urgentes" previstas en el artículo 122 del Tratado-para imponer a las empresas la concesión de la "licencia obligatoria"
(Político, 3 de febrero). De hecho, el pasado mes de diciembre algunos países, entre ellos India y África del Sur, solicitaron a las empresas que renunciaran a la exclusividad sobre la patente, pero dicha solicitud fue rechazada por Estados Unidos, Gran Bretaña y Unión Europea (New York Times, 25 de diciembre.
La tutela de la propiedad intelectual está reglamentada por los acuerdos TRIPS (Trade related aspects of intellectual property rights) de la World Trade Organization (WTO). La enmienda, adoptada en la Conferencia de Doha de 2001, y sucesivamente precisada, prevé el derecho de un Estado de fabricar ( o hacer producir a terceros) un fármaco en caso de emergencia sanitaria nacional sin la autorización de la empresa propietaria de la patente sobre el producto o sobre su proceso de fabricación. En 2017, los países que ratificaron la enmienda alcanzaron las dos terceras partes de los miembros del WTO, haciéndolo operativo. La compulsory licence podría facilitar la entrada de nuevas empresas en el mercado, pero de todos modos deja abierto el problema de la capacidad productiva de medicamentos de alta tecnología como las nuevas vacunas. 
Muchos desean una especie de "internacionalismo vacunal"; sin embargo, su realización presupone la superación de las barreras y de los conflictos, comerciales y no, entre los Estados y de la competencia entre los grupos económicos; conlleva la puesta en común de los recursos y capacidades productivas, la coordinación y el control de la producción global de las vacunas y de su distribución según las necesidades públicas mundiales. Como mínimo, significa quitarles la característica de mercancía, que es· la forma en que se presentan los productos del trabajo humano en el sistema social capitalista. 
Los críticos del "neoliberalismo" y de la globalización se detienen en el umbral de la crítica a las que son las bases mismas de la formación económico social capitalista, enojándose periódicamente con el enorme poderío de los bancos o la avaricia de las multinacionales etc., y cultivando la ilusión de que es posible eliminar solo algunas de las formas más odiosas, pero inevitables, del capitalismo en su madurez imperialista. Lo que Lenin llamaba una «piadosa ilusión». 

Potencias industriales frente a frente 

Airfinity calcula la producción de vacunas contra el Covid-19 a finales de marzo en 229 millones de dosis en China, 164 en Estados Unidos, 125 en India, 110 en la Unión Europea ( en sus tres cuartas partes entre Alema­nia, Bélgica y Holanda), 16 en Gran Bretaña. China ha destinado a la exportación el 48%, de las dosis, India el 44% y la UE el 42%. Estados Unidos y Gran Bretaña las han retenido todas para el mercado interior (Airfi­nity, 24 de marzo). 
El comisario para el Mercado interior, Thierry Breton, opina que la UE está «ganando la batalla industrial»: produciendo escribe más de 200 millones de dosis de vacunas, ha alcanzado la producción corriente en Estados Unidos y se prevé que la capacidad productiva anual de la Unión alcance los 3 mil millones de dosis antes de finales de año. Breton reivindica también el rol de la Unión como exportadora de primera categoría en todo el mundo. Al menos las dos terceras partes de los 30 millones de dosis administradas en Gran Bretaña se han producido en Europa, y Gran Bretaña depende de la UE para la segunda dosis (Comisión europea, Bea­ting COVID-19: Scaleup of vaccine production in Europe, 8 de abril). 
Breton habla de 53 sitios productores de vacunas contra el Covid-19 en Europa. El 26% de las fábricas están en Alemania. Con Holanda y Bélgica los tres países hospedan el 40% de los sitios, que en algunos casos producen más de un tipo de vacuna. De hecho, por lo menos unas treinta fábricas pertenecen a empresas que trabajan por cuenta de terceros (CDMO, Contract Development and Manufacturing Or­ganization ), de una decena de naciona­lidades, sobre todo alemanas, españolas y americanas. 
Asimismo, Breton escribe que la Unión es una potencia industrial que «es y quiere seguir siendo un jugador global», rechazando el «nacionalismo vacunal». De todos modos, desde el pasado mes de enero la Comisión europea condiciona las exportaciones de las vacunas a la autorización. La UE, según el comentario del británico Economist, se debate entre su reputación de «campeón de los mercados abiertos» y las necesidades internas de abastecimiento (27 de marzo). 
Sobre la salud se está librando una batalla entre las metrópolis. La capacidad productiva de las vacunas, así como la eficiencia organizadora en el desarrollo de las estrategias de vacunación, precondición de una más o menos rápida recuperación económica, es un factor para medir la fuerza total de los Estados en la competición global. 

Situación política en el estado español

Vectores ibéricos de la ruta verde del imperialismo europeo

La Nueva Ruta de la Seda es el gran plan de proyección imperialista de China al que Estados Unidos y la UE ambicionan responder con instrumentos propios, todavía objeto de discusión, asociados a los Recovery plan post pandemia. 
España sigue consumiendo enormes energías alrededor del ombligo de sus propias rencillas internas. El 4 de mayo, en las elecciones regionales en Madrid, la popular Isabel Díaz Ayuso, paladín del "partido del PIB" y de la oposición al gobierno central del socialista Pedro Sánchez, aspira a volver a confirmar su presidencia, pero también a acreditarse como la unificadora de la derecha. Esta batalla, que puede tener consecuencias importantes para la estructura política y territorial, se combate mientras comien­za una cuarta oleada de Covid-19, de la cual ya se han registrado oficialmente 77 mil víctimas, y con el triste récord de Madrid, metrópolis europea con el mayor aumento de mortalidad entre la población de más edad. 
A pesar de una situación interna muy complicada, la cuarta economía de la UE está implicada en la contienda imperialista entre las máximas potencias, y no solo de manera pasiva. 

Plan África 

A finales de marzo, Sánchez presen­tó el "Foco África 2023", un programa de iniciativas para la legislatura actual, enmarcado en el III Plan África lanzado en 2019. 
Sánchez subraya que su ambición es la de «convertir esta década en la década de España en África», concentrándose en inversiones económicas con participación pública y privada, dirigidas sobre todo a las «energías sostenibles», «infraestructuras» y «transformación digital». Raimundo Robredo, director general para África del gobierno y coredactor del documento, precisa que «España no transformará a África, pero puede contribuir a su transformación». El plan incluye también el «desarrollo de la capacidad militar en los países de la costa occidental de África y del Golfo de Guinea y el fortalecimiento de la participación española en las acciones de la UE en el Sahel». 
El documento explica que se trataría de «dirigir la acción de la Unión Europea» y no de Madrid unilateralmente, pero con «mecanismos de coordinación y de defensa de la estrategia y de los intereses españoles en la UE». 
También sobre el terreno económico está previsto el apoyo de «fuentes de financiaciones UE y multilaterales», como el nuevo "Instrumento de vecindad, cooperación al desarrollo y cooperación internacional" introducido en el balance plurianual de la UE (80 mil millones de euros en siete años, 29 de los cuales para el África subsahariana), pero sobre todo el Banco Europeo para las Inversiones (BEi).

Global green deal 

Werner Hoyer, director del BEi,. y Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión, una semana antes del anuncio de Sánchez han lanzado desde la tribuna de Project Syndicate la concreción del Global green deal (Pacto verde global) de la UE. Se tendría que sostener la "descarbonización" de la economía «más allá de las fronteras» de la UE: «desde programas de electrificación verde en África y proyectos de descarbonización industrial en Asia, al desarrollo de las baterías en América Latina», en el cual el BEi se compromete a invertir nada menos que un billón durante la próxima década. 
Y a en enero, preparando esta iniciativa, el catalán Josep Borrell, Alto Representante y Vicepresidente de la Comisión, junto a Hoyer había subrayado que el propósito era evitar que «la creciente demanda energética en África y en algunas zonas de Asia sea satisfecha por nuevas plantas a carbón o gas financiadas por China o por otros actores». A pesar del paripé verde, está clara la intención de competir en la partición de la tarta africana. 
Una Ruta Verde de la UE, por lo tanto, en la cual los grandes grupos españoles compiten entre sí y con los grupos europeos, para ser vectores de esta proyección en África y más allá, para confrontarse no sólo con la Nueva Ruta de la Seda de China. 
El diario de Barcelona La Vanguardia reflexiona sobre el hecho de que España «se va a encontrar con otros actores en el tablero de ajedrez áfrica no: además de Estados Unidos, el Reino Unido o Francia, y la gran irrupción del gigante chino, otros países como Rusia, Brasil, India y Turquía intentan abrirse un camino en África». 

La guerra de las vacunas

El 2 de marzo comenzaron en Alemania las huelgas de advertencia de los metalúrgicos. Es la forma de acción que el derecho alemán permite en la fase inicial de las negociaciones para la renovación de un contrato: solo prevé paradas de grupos limitados de trabajadores, sin el voto de los miembros, necesario en cambio para procla­mar huelgas de mayor alcance. 
Uno de los sectores más organiza­dos de nuestra clase, con más de 3,8 millones de asalariados, está experimentando la dureza del enfrentamiento contractual en la era Covid. Las posiciones de partida son claramente opuestas. 

La lucha de los metalúrgicos alemanes 

Stefan Wolf, presidente de Gesamt metall, expuso en Handelsblatt del 26 de febrero las intenciones de la asociación de industriales. El resumen figura en el título del artículo: «Este año no hay nada que distribuir». Y explica: «Primero debemos recuperarnos» y, para hacerlo, «hace falta un coste laboral más ventajoso y más flexibilidad». Excluye la posibilidad de reducciones de horas para «dividir el trabajo en varias cabezas». Por el contrario, la exigencia es la de excepciones automáticas del convenio nacional, porque «en ciertas situaciones es necesario actuar rápidamente», sin pasar por las negociaciones, «a menudo largas», con el sindicato.
Desde el frente opuesto IG Metall reitera su petición de un aumento del 4%, que puede utilizarse para reforzar los salarios o, en las empresas en reestructuración, para financiar medidas de salvaguardia de los puestos de trabajo, como la semana laboral de cuatro días. Johann Horn, jefe del sindicato en Baviera, rechaza la solicitud de derogaciones automáticas, afirmando «que está fuera de discusión para nosotros hacer variables los compo­nentes esenciales de la renta según la situación económica de la empresa» ( comunicado del 26 de febrero). 
El diario económico Handelsblatt (3 de marzo) "sugiere", sin embargo, que se juegue el resultado de la controversia justamente sobre la "variabilidad". Admite que el sindicato no puede aceptar otro Nullrunde, una renovación sin dinero, después de lo «engullido» en 2020 debido a la pandemia. Entre los efectos habría habido también una disminución del 2% de los inscritos a IG Metall. Frente a varios grandes grupos que distribuyen dividendos a los accionistas (por ejemplo, Daimler), el aumento salarial tiene sentido. Pero aquí está la cuestión, no para todas las empresas: se debería trabajar en la «diferenciación en el convenio colectivo», con un ojo puesto en las pequeñas y medianas empresas en dificultades. 

Test europeo 

La renovación del convenio de los metalúrgicos alemanes es por tanto un test sobre la capacidad de resistencia unitaria de la clase en la difícil situación actual. Y a hemos visto el resultado del choque contractual similar en Italia: un aumento salarial diluido durante más de cuatro años y absorbible en los "supermínimos", hasta el punto que puede anularse para capas amplias de trabajadores, obreros especializados y empleados. 
Ciertamente, la sucesión temporal de las dos controversias plantea inevitablemente una pregunta: ¿por qué los trabajadores de la misma categoría industrial, en Italia y en Alemania o en cualquier otro Estado europeo, luchan divididos en objetivos análogos? Es el problema de la falta de un verdadero sindicato europeo, y es también un factor evidente del debilitamiento de la fuerza contractual de los trabajadores.

Fuerza decreciente 

La pandemia, por otra parte, llega a los cuarenta años en que la fuerza sindi­cal ha ido disminuyendo. Lo ilustra el documento "Los sindicatos en transición", elaborado por la OIT, la Organización Internacional del Trabajo: un estudio sobre las tendencias a largo plazo. El sindicato paga indudablemente el declive del empleo manufacturero en los países avanzados, sector en el que históricamen­te su presencia ha sido más fuerte. Pero a esta cifra se suma la disminución de la sindicalización en las empresas manufactureras presentes de todos modos: en Europa Occidental continental ( que incluye los grandes países de Alemania, Francia, Italia y España) la misma pasó del 43 al 24% entre 1980 y 2017. 
Un factor "subjetivo" se añade a uno "objetivo": ¿en qué proporción? La OIT realiza una evaluación global de los sindicatos de la industria en 18 países de la OCDE: en unos 40 años han perdido 20 millones de miembros, una cuarta parte de los que tenían, pero la pérdida se de bió en un tercio a la pérdida de los puestos de trabajo y en los otros dos tercios a la disminución de la tasa de inscripción. Este también es el índice de un margen en el que se puede trabajar para subir. 
Un factor que pesa en esta evolución es el recambio generacional: cada año, en los países avanzados, los sindicatos deben sustituir entre el 3 y el 4% de sus miembros. Pero los recién llegados en la última década tienen una sindicalización igual a un cuarto de la de los salientes, que llegaron al trabajo en los años Setenta. Es un dato diferenciado: en Alemania se pasa del 25 al 15%, en Italia del 35 al 8, en España del 30 al 5 y en Francia del 15% a menos del 5%. El resultado es, sin embargo, inequívoco: «La edad media de los afiliados a los sindicatos en los países europeos ha aumentado a 45 años y, por término medio, el 20% de todos los a??lia­dos tiene más de 55 años, sin incluir a los pensionistas». 

Recambio generacional 

Que los jóvenes estén menos sin­dicalizados es un problema abierto. Un factor señalado es la extensión del trabajo atípico, muy extendido entre los recién contratados: por ejemplo, la tasa media de sindicalización de los trabajadores temporales es menos de la mitad de los trabajadores permanentes, 14 frente al 30%. 
Hay que considerar también la presencia de muchos jóvenes inmi­grantes, entre los cuales la sindicalización es por término medio inferior a un cuarto. Y los trabajadores inmigrantes, señala la OIT, «entre 2003 y 2013 contribuyeron al aumento de la mano de obra en un 70% y en un 47%en Estados Unidos». Un componente realmente decisivo para nuestra clase. 
El documento concluye trazando algunas hipótesis, entre ellas la de «revitalización» de los sindicatos. A este respecto, el elemento clave es la duplicación de las tasas de adhesión de los jóvenes menores de 30 años: del 11 al 22%. Entre las herramientas "recomendadas" está el proselitismo anticipado en las escuelas profesionales y en las universidades, antes de entrar en el mundo del trabajo. Una vía ya iniciada por IG Metall en Alemania, donde se practica la formación dual, que combina estudio y trabajo. No en vano, la situación de los aprendices y de los es­tudiantes duales es un punto central de la renovación contractual en curso.

Jóvenes comunistas

Reclutar jóvenes es una perspectiva que, incluso para un sindicato, requiere visión estratégica y organización, dotes en las que algunos sectores sindicales 
no parecen sobresalir. Y el mundo laboral está destinado a cambiar todav1a 
más después de la pandemia. Algunas ideas provienen del estudio McKinsey "El futuro del trabajo después del Co­vid-19", sobre las mutaciones previstas en algunos grandes Estados. En 2030, en Alemania, 10,4 millones de trabajadores tendrán que adquirir nuevas capacidades cambiar de profesión bajo la presión de los procesos de automatización y digitalización acelerados por la pandemia. En Francia serán 6,4 millones.

Pero éste es solo un aspecto del cambio, porque el mundo entero cambiará, en el fuego de las tensiones que animarán la contienda mundial de los nuevos años Veinte. La organización para la defensa del salario y de las condiciones de trabajo solo puede ser una parte de un compromiso que mira al futuro de toda la sociedad, a la lucha por una forma superior de convivencia humana. Los jóvenes pueden sentirse atraídos, porque precisamente los jóvenes serán los protagonistas. 

Eurosolubles

Antes de que llegaran las bolsitas y cápsulas monodosis, había un polvo liofilizado soluble al instante, que por sí solo no es comparable a un auténtico café espresso. Ahora bien, hace tiempo que seguimos las peripecias de los soberanistas y populistas con la idea de que su futuro político dependiera de mostrarse eurosolubles. Haciendo referencia a los rasgos securitarios, xenófobos y hostiles hacia los inmigrantes, que se han convertido en moneda corriente en el debate europeo, hemos escrito que la "Europa que protege" podía haber utilizado el gruñido antiinmigrantes de los soberanistas, sujetándolos con la correa del consenso estratégico europeísta. 
Dicho y hecho. Tanto en Italia, como en Francia y en otros países europeos, ese fenómeno está en pleno desarrollo. En Italia el partido Cinque Stelle ya había emprendido su camino de conversión hace un año y medio, encargados nada menos que de la guía de la diplomacia italiana. La Lega incluso se volvió europeísta en una noche. En Francia una operación similar se apodera del Rassemblement National de Marine Le Peo: cambia la relación con Europa, ya no se habla de Frexit, y el euro se ha convertido en una moneda que protege. Por supuesto, es una señal de los tiempos: el soberanismo navega en malas condiciones, la pandemia secular no es cosa de aventureros y aficionados, y Donald Trump, el soberanista al mando en la Casa Blanca, se ha marchado de forma trágica y grotesca. Pero, sobre todo, es la señal del dinero de Europa con su plan de relanzamiento, al que nadie quiere renunciar. 
Draghi, Macron, Merkel, junto con los demás líderes del Viejo Continente, serán los intérpretes de más alto nivel de las directrices estratégicas de la UE, con la tarea de dirigir una reestructuración europea que marcará la próxima década. Será una batalla larga y un desafío temible para una oposición de clase. El enemigo está en nuestra casa: disfrazado de Europa que protege, el imperialismo europeo prepara nuevos conflictos en la contienda mundial y nuevas guerras. Con mayor razón no hay motivo para tragarse la bazofia de su transformación integral e instantánea. Hay otra política, la política comunista, hecha de seriedad, de conocimiento y de pasión por la lucha. Oposición proletaria al imperialismo europeo. 


La puesta en marcha del gobierno de Draghi ha reanimado a cúpulas sindicales, ansiosas de ser «implicadas» por el «gobierno de todos», especialmente en la era del Recovery fund. Es «concertación» la palabra a la que se hace referencia con más frecuencia en los comentarios sindicales. Lo es de modo explícito por parte de la CISL de Annarnaria Furlan, que pide «un gran acuerdo concertado» (II Messaggero, 8 de febrero). Pierpaolo Bornbardieri, secretario de la UIL, añade que «la concertación debe convertirse en un método para ayudar al país a recomen­zar», y también Maurizio Landini, de la CGIL, ve la «novedad» en el hecho de que «los interlocutores sociales se han involucrado en la fase de institución del nuevo gobierno» ("Conquiste del lavoro", 11 de febrero).

Dos etapas de la política imperialista europea 

En ese sentido, se desperdician las referencias al gobierno Ciarnpi de 1993, olvidando que esta «concertación» sirvió para contener el coste de la mano de obra. En cambio, viene negada cualquier similitud con el gobierno Monti, nacido en 2011 después de que Mario Draghi, corno presidente entrante del BCE, envió junto con el saliente JeanClaude Trichet la "carta secreta" al gobierno Berlusconi, solicitando intervenciones sobre las pensiones, el empleo público y reformas en la contratación y el mercado laboral: en definitiva, la «cura alemana» pagada por los trabajadores. 
No hay duda de que hoy nos encontrarnos en un segundo tiempo de la política imperialista europea, el del relanzarniento postpandernia. Pero es superficial pensar que la función de Draghi es simplemente gastar cientos de miles de millones. No se debe pasar por alto que este río de dinero fluye por el cauce de la reestructuración europea, y se da con la condición de reformas estructurales, incluida la transición energética, con miras a elevar la productividad del sistema en general y de las empresas en particular. 
También en el sindicato, todo esto impone un salto: si la reestructuración es europea, si el gobierno de Draghi es "europeo", es en ese nivel donde se debe jugar la partida. «Levantar la mirada», corno invoca Landini, requiere estudio, visión y organización de un verdadero sindicato europeo. 

Desempleo y falta de contratación 

En el frente laboral, la primera fecha límite del nuevo gobierno es el 31 de marzo con el fin de la congelación de los despidos y los ERTE por la Covid. La demanda sindical es de prórroga hasta el final de la emergencia. Desde la patronal, en cambio, ya llegó la petición de su presidente Carla Bonorni de levantar el bloqueo a los des­pidos y prolongar el CIG-Covid solo a empresas en grave dificultad, eliminando las limitaciones para las demás ("La Starnpa", 4 de febrero).
En caso de eliminar el bloqueo, sin embargo, muchos esperan cientos de miles de nuevos desempleados, los que se sumarían a los 444.000 puestos de trabajo perdidos en 2020, según cálculos del ISTAT. Hay también otro dato a tener en cuenta. El boletín trimestral de Unioncamere y ANP AL prevé una reducción de las contrataciones en casi un cuarto con respecto a hace un año, con un pico del 4 7% en los sectores de alojamiento y restauración: a los despidos hay que añadir, por tanto, la falta de contratación. Con una paradoja, pero no nueva: un tercio de las contrataciones previstas en el período son difíciles de realizar por falta de mano de obra, sobre todo en lo que respecta a técnicos y titulados, pero también de trabajadores del sector metalcánico ( fundidores, soldadores, fabricantes de herramientas, etc.). Pero la idea de que un camarero despedido pueda de repente convertirse en soldador deja a algunos perplejos. 

El convenio de los metalúrgicos 

Mientras tanto, en febrero se llegó a un acuerdo para la renovación del convenio de los metalúrgicos. La cifra del aumento salarial obtenido (112 euros mensuales en el 5° nivel) se encuentra a medio camino entre la demanda sindical (alrededor de 150 euros) y la oferta patronal de 65 euros. Pero en la cuenta hay que considerar que tal aumento, dividido en cuatro tranche, entrará en vigor en junio de 2024, cuatro años y medio después de la expiración del convenio anterior ( diciembre de 2019). Ciertamente se trata de un aumento salarial superior al arrancado en el acuerdo de 2016 cuando, también debido a una precipitada elección sindical, se limitó solo a la recuperación de la inflación. Pero sobre las ganancias reales hay una cláusula: salvo acuerdos específicos, el aumento absorbe los "super mínimos", una partida de los salarios a nivel empresarial o individual particularmente extendida en los estratos administrativos y técnicos, que pueden así encontrarse con un aumento inferior o incluso nulo. 
Dicho esto, es extraño escuchar de los líderes sindicales himnos al «resultado extraordinario»: así se han expresado Francesca Re David de FIOM-CGIL como Roberto Benaglia de FIM-CISL. Quizás es una reacción al sorteado peligro de una no renovación. Sin embargo, no parece el caso ni de exaltarse ni de condenarse: se trata más bien de tomar nota de un acuerdo determinado por la situación no ciertamente favorable para nuestra clase, una base sobre la que asentarse para dar pasos futuros hacia adelante.

Estratos salariales profundos en la Europa opulenta 

En el abanico de estratificaciones de clase no podemos olvidar los estratos profundos, los que más han pagado y están pagando por la crisis inducida por la pandemia. Incluso en la patria de la economía social de mercado, Alemania, terminan siendo abandonados. La denuncia proviene del semanario Die Zeit del 28 de enero. Muchos han perdido sus minijobs. No solo eso: si bien es cierto que la inflación se ha estancado en el 0,5%, los precios de los productos de primera necesidad han subido un 2,4% en 2020, afectando justamente a las rentas más bajas. Es más: el cierre de las escuelas y jardines de infancia ha provocado la falta de alimentación gratuita para los niños. Moraleja: «los pobres se han vuelto aún más pobres». «Muchos han sido ayudados (Kurzarbeiter, empresas, autónomos, estudiantes, familias), pero no los más pobres». 
Un estudio del Instituto de Ciencias Económicas y Sociales WSI, cercano a los sindicatos, calculó que en Alemania, frente a una pérdida media del 32% en los salarios provocada por la crisis, los tienen unos ingresos inferiores a 1.500 euros mensuales han perdido un 40%: «quien tenía menos ha perdido relativamente más» (Han delsblatt, 20 de noviembre de 2020). 
El fenómeno de los working poor, es decir, los asalariados con ingresos inferiores al 60% de la media, está en el centro de un análisis del sindicato europeo CES, basado en datos de Eu­rostat: en la UE casi uno de cada diez trabajadores (9,4%) entra en esta categoría y su número ha crecido en un 12% en el año de la pandemia. Se trata a menudo de jóvenes con trabajos temporales o de media jornada e inmigrantes. 

El círculo obrero en las estratificaciones salariales 

Otro estudio de la Comisión Euro­pea, de abril de 2020, estima que los inmigrantes son precisamente el 13% de los llamados trabajadores «esenciales»; y en algunos sectores son literalmente «esenciales para cubrir roles vitales». Son más de un tercio en limpieza, más de un cuarto en construcción, un quinto en cuidado de personas y en la industria alimentaria, un sexto entre conductores. El documento europeo señala que «entre los inmigrantes, los trabajadores poco cualificados están sobrerre presentados en una serie de ocupaciones clave, vitales en la lucha contra la Covid-19, mientras que su valor es a menudo pasado por alto». 
Es a todo este amplio espectro de estratificaciones salariales, desde el metalúrgico al joven dependiente de los servicios hasta el inmigrante, hacia donde se dirige la actividad de los círculos obreros, para defender las condiciones de trabajo y de vida y para unir a la clase en la estrategia de la lucha por el comunismo. 

Batalla por las vacunas

Batalla por las vacunas
¡ Para cuando será segura !

Según The Lancet, el número de vacunas candidatas contra el Covid 19 ha ascendido a casi 200. La lista de la Organización Mundial de la Salud (OMS­WHO), actualizada al 13 de agosto, cuenta 167 en total, 29 de los cuales están en evaluación clínica y 138 preclínica. En el desarrollo de las vacunas en los trial clínicos participan, solos o en colaboración, empresas y centros de investigación de 15 países. China está implicada en 11 proyectos, al igual que Estados Unidos; Gran Bretaña participa en tres, Alemania en dos y Francia en uno (Draft landscape of Covid 19 candidace vaccines, 13 de agosto). A dicha lista se ha añadido recientemente la sociedad biotecnológica italiana Reithera, que ha recibido de la Agencia Italiana del Fármaco (AIF A) la autorización para iniciar los trial clínicos de fase 1 sobre 90 voluntarios, en el Istituto Lazzaro SpalJanzani y el Centro Ricerche Cliniche Verana. En abril, Reithera constituyó un consorcio con la alemana Leukocare y la belga Univercelles para acelerar el proceso productivo.
Para llegar al público, una vacuna debe seguir un recorrido largo y difícil. Se ha calculado que, entre 1998 y 2009, el tiempo empleado de media por una vacuna para pasar de la fase preclínica a la distribución ha sido de 10, 7 años (Plos One, Risk in vaccine research and development auantified, 2013). La vacuna candidata, una vez salida del laboratorio, debe someterse a una serie de controles de seguridad y eficacia, preclínicos sobre animales y clínicos sobre el hombre: de fase 1 sobre un pequeño número de voluntarios, de fase 2 sobre decenas o centenares de sujetos y de fase 3 sobre decenas de miles de personas, de diferente edad, etnia y condiciones clínicas. Así pues, los trial de fase 3 son fundamentales para comprobar sobre grandes números la capacidad efectiva de inducir una respuesta inmunitaria, su intensidad y duración en el tiempo, y la ausencia de efectos colaterales que, aunque no frecuentes, podrían causar reacciones adversas en decenas de miles de personas, siendo suministrados a centenares de millones de sujetos. De la lista de la OMS tan solo siete resultan estar en la fase 3. Si los resultados son positivos, los organismos reguladores (FDA en Estados Unidos, EMA en Europa) podrán autorizar la distribución al público, un procedimiento que normalmente necesita de algunos meses de comprobaciones rigurosas.
Los tiempos son difícilmente comprimibles salvo a costa de la seguridad. Se busca una aceleración. En la carrera a contrarreloj, científicos, empresas y Estados están envueltos en un partido global que ve en juego prestigio, cuotas de mercado y búsqueda de "primados" nacionales. 

¡ Hay dinero para los de Siempre !

Comienza la era del free money, el dinero gratias, escribe The Economist. A largo plazo es dudoso: de una manera u otra las cuentas tendrán que ser pagadas, quizás con el gigantesco aumento de la inflación: The Economist es la biblia del capital internacional y es escandaloso la manera en que exhibe sin pudor el viraje del nuevo delo, abierto con la crisis de la pandemia secular. Al comienzo diferentes dirigentes europeos casi no lo creían y después, en cambio, ha caído una verdadera lluvia de dinero. Roma y Madrid no han tenido que quejarse mucho para llevarse unabuena parte de la financiación europea y París ha obtenido 40 mil millones de euros en subvenciones del Recovery Fund que se destinarán a financiar el plan de recuperación del gobiernofrancés de 100 mil millones de euros en dos años. 
Su política a penas era capaz de gestionar la administración ordinaria y de manera imprevista, y de qué manera, es transportada a otro universo, a capear una crisis secular y a gestionar fondos de una entidad colosal. Un nuevo Plan Marshall, se dice, otro New Deal. 
Por lo tanto hay dinero, porque es el río de dinero que la UE orienta para coordinar las medidas necesarias para la recuperación económica. No obstante, continúa la actitud de la burguesía que quiere hacer pagar la cuenta a los asalariados. Y no una vez sino dos veces: por la crisis, y por la incapacidad de los grandes centros del capital para contener la plétora pequeñoburguesa y un parasitismo voraz y desbordante. Más aún, la clase dominante parece haber aprendido de 2008, y quiere anular una nueva insurgencia del populismo propietario: de aquí surge un rasgo casi surrealista de la gestión de la crisis, que mientras cuenta los positivos de virus, rodea de atenciones y subvenciones a los hoteles, restaurantes, tiendas turísticas y bed and break ast. 
Más que nunca, entre los trabajadores divididos y fragmentados por la crisis, la brújula de la defensa de clase sigue siendo indispensable. Más que nunca, a su política hay que contraponer nuestra política comunista.
Las prospectivas de la ocupación, en el mundo y en Italia, aunque sujetas a muchas variables, no parecen muy ha lagüeñas. La OCDE estima para 2020 una desocupación de un 9,4% en el conjunto de los países avanzados, un 12,4 en Italia y un 12,3 en Francia. 
El dato cierto es que incluso en la denominada fase 3 permanecen las divisiones entre los trabajadores y, en ciertos aspectos, se acentúan. 

Las estratificaciones de clase son golpeadas de manera diferente 

Durante el lockdown hemos oído elo­giar a los trabajadores "esenciales", sin. los cuales todo se habría parado y que, por lo tanto, se han visto obligados a trabajar incluso sin las protecciones adecuadas. Ahora, escribe el Financial Times del 7 de ju­io, estos trabajadores que ya «están entre los menos pagados», es difícil que tengan un aumento: «el destino de los trabajadores con salarios bajos será la cuestión política y económica fundamental». 
A ellos se les ha unido quien ha retomado el trabajo después del parón forzado. Ahora, en Italia, más de 10 millones tienen frente así una cita con la negociación colectiva. Confindustria, en palabras de su presidente Carla Bonomi, avisa: los aumentos contractuales van unidos a la productividad y «deberían darse a nivel de empresa» (Corriere della Sera, 28 de julio). Clarísimo: las peticiones ya presentadas, por ejemplo de los metalúrgicos (incrementos salariales de un 8% ), no son de recibo. 
Además está quien ha perdido el trabajo o, también, quien no lo tenía, y durante estos meses ni siquiera ha podido buscarlo. Hay trabajadores con contratos parciales y el vasto grupo de trabajadores precarios, comenzando por el turismo y los servicios, pero también de la industria y la construcción. A menudo se trata de trabajadores inmigrantes, "en negro" y por lo tanto sin redes de protección.

El vaticano y la cuestión china

En el décimo aniversario de la fundación del Instituto Confucio de la Universidad Católica de Milán. se ha organizado el congreso "1919-2019. Esperanzas de paz entre Oriente y Occidente". Entre los presentes, junto al Secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, estaba también el obispo de Pekín, Li Shan. 
¿Por qué una comparación entre 1919 y 2019? Al igual que en aquel momento, observa el historiador Agostino Giovagnoli, se plantea la cuestión de «un nuevo orden internacional». Con respecto a Pekín, si cien años atrás se en frentaron sobre todo Estados Unidos y los países europeos, en una disputa totalmente occidental, hoy sería «imposible» excluir a China. Mutan las relaciones de fuerza entre las potencias, el baricentro mundial se desplaza a Oriente. La organización eclesiástica, que tiene en el Occidente declinante el corazón de su enraizamiento, es llamada a afrontar las implicacio­nes de este cambio de época. 

Industria bélica y defensa europea

Se reanuda la carrera de los portaaviones

«El mundo ahora es hoy más peligroso que hace veinticinco años escribe Patrick Hébrard en un documento de la Fundación para la Investigación Estratégica (FRS)- la prospectiva de una guerra. que se había alejado, reaparece improvisadamente entre las posibilidades con el regreso del nacionalismo 
y la exacerbación de los antagonismos». Francia, prosigue el autor, está presente, en los océanos Atlántico, Pacífico e Indico; «por lo tanto. su defensa y la del continente europeo comienzan mar adentro», porque la afirmación de la soberanía «implica la presencia en estas zonas para conocer. prevenir, disuadir e intervenir» ("Pérennité du groupe aéronaval: enjeux stratégiques et industriels", 10 de agosto de 2017).

Crónicas del nuevo ciclo político en Europa


En Francia, la relación con Estados Unidos y, en general, la proyección de potencia se basan en la tradición gaullista. El general Charles de Gaulle no pone en duda la alianza con Washington, pero reclama la autonomía de París, también sancionada sobre el plano de la disuasión nuclear. Respecto a Europa, a pesar del acento en las naciones, De Gaulle elige el anclaje renano con respecto al imperio colonial francés: a la independencia de Argelia en 1962 le sigue, al año siguiente, el Tratado del Eliseo. Francois Mitterrand confirma y refuerza la dirección estratégica europea,en particular con la alineación renana de 1983 y luego en la relación con Helmut Kohl, el canciller de la reunificación alemana. Hoy, Emmanuel Macron reclama una filiación de esa tradición, declinada en la forma de un gaullismo europeo y en el concepto de «soberanía europea». 
Gran Bretaña ha contado históricamente con una relación especia! con Washington, pero ahora ve minados los dos pilares principales de su política exterior: el nexo atlántico es un cierto frenteal unilateralismo estadounidense, y la relación con Europa es puesta en cuestión por el Brexit, una salida de la UE que se está revelando desgarradora y contraproducente. 
En las colisiones globales, la capacidad de Europa de desempeñar un papel en la contienda está vinculada a su grado de cohesión interna. El déficit de centralización europea, legado histórico de la afirmación secular de los Estados nacionales, es un obstáculo para la proyección de potencia y abre las puertas a las crisis e interferencias externas. La adaptación a la nueva escala de la contienda ha impuesto un proceso atormentado de ruptura y cesión de la soberanía, particularmente sufrida en Estados como Francia o Gran Bretaña porque reclaman tradiciones nacionales ininterrumpidas de la Edad Media y un pasado imperial, con los mitos de la grandeza universalista y de la libertad insular.


Antes los Proletarios


Antes los italianos. Es un eslogan rufián que quiere transmitir la ilusión del sentido común, intentando calmar los miedos de electores desorientados y en­vejecidos. Dicho lema se ha insinuado en los cálculos astutos de las redacciones de los periódicos, en las sesiones de noche de la televisión y en los circuitos Facebook, Twitter o YouTube de la red. Se ha convertido en el subtexto de la campaña electoral italiana, aúna de alguna manera a todos los partidos parla­mentarios. Si la mirada se fija en la tiendecilla electoral, es imposible contrarrestar realmente a los traficantes del miedo. 

No es solo una fiebre italiana. Pensemos, por ejemplo, en America First,  América primero, que es el santo y seña de Donald Trump, o en Take Back Control, volver a tomar el control, es decir, la soberanía británica, que ha sido el lema para el referéndum del Brexit. Tampoco Emmanuel Macron, quien desde París con Berlín intenta la contraofensiva europea, puede renunciar a la retórica y a los hecho sele la potencia nacional: un plan de rearme, y una inevitable represión contra los nuevos inmigrantes. En el fondo, tampoco antes los europeos es una fórmula menos envenenada. Más bien al contrario. Será la vía para restaurar el consenso entre las clases dominantes del Viejo Continente, la Europa que protege en lugar o junto a las vallas nacionales. Sin embargo, esta es precisamente la ideología de masas para el imperialismo europeo, en las nuevas tempestades que están de camino desde Asia y China, en las tensiones con Rusia y con América o en las nuevas aventuras en África. 

La UE y el eje renano en la nueva fase estratégica

«Los tiempos en los que podíamos depender completamente de otros, hasta cierto punto han terminado. Es mi experiencia de estos últimos días. Nosotros, los europeos, debemos tomar el destino en nuestras manos». 
Hay frases destinadas a resumir el signo de un período, y tal vez será así para el discurso de Angela Merkel en Múnich el 28 de mayo, en la «carpa de la cerveza» de una iniciativa electoral de la CSU. Otras palabras han precisado su significado: esto debería ocurrir «en amistad» con los Estados Unidos y Gran Bretaña, y «como buenos vecinos» con los demás, incluida Rusia; la relación atlántica continúa siendo crucial. Pero aquel que se ponga «anteojeras nacionales», y no espere al mundo, está condenado a quedarse «al margen». 
Es la línea de la «reciprocidad transatlántica», en el pasado enunciada por Wolfgang Schauble, y es la prospectiva que ya hace veinte años veíamos como «transformación de las relaciones atlánticas». No una ruptura entre Europa y América sino una relación redefinida sobre bases paritarias, donde la UE vería tutelada desde la autonomía estratégica sus intereses específicos de potencia. 

Vendas nacionales en los ojos

Los que no ven «lo evidente a nivel nacional», y no miran al mundo, están condenados a acabar «en los márgenes». Lo ha dicho la canciller alemana Ángela Merkel: hay que aprender de los máximos representantes de la clase dominante, sopena de seguir siendo sus esclavos. El viejo orden mundial se está deshilachando. Nuevos colosos, como China e India, se afirman como potencias globales. Estados Unidos difunde incertidumbre, la nueva doctrina America First debilita las alianzas tradicionales, en Europa y en Japón. Gran Bretaña ha tomado el camino del Brexit en las peores condiciones, con Theresa May fustigada por la apuesta electoral perdida. Posiblemente, Londres busque un compromiso que salve la permanencia en la unión aduanera y en el mercado único, pero la debilidad del aislamiento aterra a la City y al Banco de Inglaterra, ante el espectro de retorno de los años Setenta. La UE ha elegido la contraofensiva. Los plenos poderes conquistados por Emmanuel Macron a paso de carga relanzan el eje franco-alemán, la defensa europea y la integración de la federación del euro. 

Entonces, ¿qué hay que aprender? Primero, hay que conocer los acontecimientos mundiales. Si se mueve el imperialismo europeo, y busca su autonomía estratégica, es porque el imperialismo chino ya está entre los jugadores mundiales, mientras que el imperialismo americano amenaza con arreglársela por su cuenta. Segundo, hay que conocer las clases mundiales. Si la clase dominante en Europa se organiza en los poderes europeos, es vital para los trabajadores pensar de modo europeo para pensar de manera mundial. Miremos la catástrofe de la gauche parlamentaria en Francia, aniquilada en los viejos feudos del PS o reducida a una patrulla que se hace eco desde la izquierda del soberanismo del Front National. Se sueña con un nuevo turno social, la par­tida de retorno a las plazas cuando Macron imponga con sus ordenanzas las liberalizaciones y la reforma del trabajo. La oposición a la reestructuración europea es sagrada, pero el desquite de la plaza es un viejo mito del maximalismo y un sucedáneo del parlamentarismo, si no comprende los verdaderos términos de la confrontación. Una lucha de defensa es posible, aunque al precio de tejer con paciencia una orientación y recomposición de las fuerzas. Y tendrá sentido solo comprendiendo que el campo de batalla es el de Europa. Precisamente, sin «vendas nacionales en los ojos».