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Personas y misiles

Weaponize» es el nuevo término signo de los tiempos. Es la guerra llevada a cabo con otros medios; significa transformar algo, o a alguien, en un arma. Vale para la llamada geoeconomía: las monedas, las relaciones comerciales, las finanzas, la energía, las materias primas, las nuevas tecnologías digitales empuñadas como armas, en la contienda de potencia donde el viejo orden está en crisis. Vale también para los seres humanos, desde siempre en las guerras mandados a la masacre como carne de cañón o hechos trizas en los bombardeos, ahora empuñados también como arma de presión, con el uso de los flujos migratorios como una amenaza. Es lo que está ocurriendo entre Bielorrusia y Polonia: miles de hombres, mujeres y niños dejados sobre la línea de la frontera atenazados por el frío, por la sed o por el hambre, empujados por Minsk contra la Unión Europea mientras que Bruselas balbucea y Varsovia rodea de alambre de espino su nacionalismo. 
Los coros de indignación contra el régimen bielorruso no nos encandilan, pues suenan a hipocresía. Desde hace muchos años en la frontera Sur del Mediterráneo las vidas humanas son objeto de un mercado igual de obsceno: solo que nos hemos acostumbrado. Europa ha contratado a Turquía, a los clanes tribales en Libia o a los regímenes del Magreb la gestión externa de sus fronteras; de tanto en tanto se negocia el precio amenazando con dar via libre a las pateras. 
Luego están las armas reales, misiles, antimisiles, bombarderos y portaaviones. China se prepara para jugar al mismo nivel que los Estados Unidos, y esto también es un signo de los tiempos que marcan el regreso a las doctrinas de disuasión nuclear, que se discuta de primer y segundo impacto atómico y se razone sobre la capacidad de aniquilar ciudades enteras para mantener en pie el equilibrio del terror. La guerra y la guerra con otros medios son la nueva norma; un mundo en el que hombres, mujeres y niños pueden ser dejados ahogarse o morir congelados por un pulso diplomático, y donde un conflicto entre grandes potencias está nuevamente en el orden de las posibilidades. ¿De verdad podemos aceptarlo? ¿Realmente es el futuro que queremos? Organizar la lucha por una sociedad comunista, luchar por una conciencia internacionalista es el único camino posible para no acostumbrarse a la barbarie. 

Una investigación de la Fundación Di Vittorio (FDV) de la CGIL sobre datos del Eurostat ofrece una estimación del efecto ocasionado por la pandemia sobre los salarios en Italia, en comparación con los de la Eurozona. Presentamos algunos números para encuadrar el problema. 

Los salarios del Covid 

La masa salarial - es decir, el total de la masa salarial nacional - en 2020 ha disminuido en Italia un 7,2%, frente a una media europea del -2,4%. Las pérdidas italianas son comparables a las españolas, pero muy superiores al 4,0% de Francia y sobre todo al 0, 7% de Alemania. En esta clasificación, Holanda está en contra tendencia, señalando un +3,4%.
A estos recortes salariales han compensado en parte las integraciones de los amortiguadores sociales, como la cassa integrazione en Italia, pero solo parcialmente: en la Península Itálica la caída se ha producido al 3,9%, en cualquier caso, mucho peor todavía que los niveles europeos. 
Otro dato hace referencia al salario de un trabajador a tiempo completo. Aquí, la media italiana de 27.900 euros en 2020 está en disminución en un 5,8% respecto al año anterior, pero sobre todo se aleja mucho de los 38.100 euros en Francia, los 43.000 en Alemania, por no hablar de los 52.500 en Holanda. Solo España, con 26.500 euros, es inferior a Italia entre los grandes países.
Por lo tanto, los salarios italianos son deficitarios de más de 10 mil euros respecto a los franceses, a su vez atrasados unos 5 mil respecto a los alemanes y de unos 10 mil respecto a los holandeses. 
En estos números se refleja obviamente una dinámica de largo plazo, que la pandemia solo ha agravado. Continuando con la investigación, la FDV reconstruye, en base a los datos de la OCDE, los veinte años prepandémicos de 2000 a 2019. Frente a un aumento mínimo de los salarios brutos anuales en Italia del 3,9%, existen valores mucho mayores en Alemania (+18,4%) y en Francia (+21,4%). 
Aún más interesante es seguir el recorrido de esta dinámica salarial. El retraso italiano comienza a crecer tras la crisis de 2008-2010, cuando en Francia y en Alemania las retribuciones vuelven a aumentar mientras que en Italia se estancan. El resultado: de 2010 a 2019 el salario alemán aumenta casi 5.500 euros, mientras que el italiano disminuye 600. 

Una cuestión salarial sin resolver 

Aquí se encuadra el problema de una cuestión salarial que en Italia es arrastrada con el tiempo y que cada crisis tiende a agravar. Según Claudo Lucifora, docente de Economía del Trabajo en la Universidad Católica de Milán, la causa es investigada durante unos treinta años marcados por el descenso de lo que se define como «productividad total de los factores». Se incluyen «las inversiones en capital humano, en tecnología, la dimensión de las empresas, la apertura de los mercados y la ineficiencia de la burocracia». (Affari & Finanza, 4 de octubre).  
Los salarios italianos todavía se ven obligados a rendir cuentas con un retraso de largo plazo del capitalismo local, y con las dificultades que este afronta en las reestructuraciones impuestas por cada crisis. Pero lo que también pesa es el estrabismo de los sindicatos que, en vez de afrontar directamente la cuestión salarial, siempre están listos a perseguir cualquier mesa ministerial, para luego quizás lamentarse de que éstas son solo una fachada. «No puedes convocar a los sindicatos dos días antes del consejo de ministros para decir qué es lo que has decidido, sin dar espacio a la discusión»: de esta forma Mauricio Landini ha sermoneado al presidente del consejo (La Stampa, 6 de noviembre), fingiendo no conocer el "método Draghi", comisario europeo de facto. Un encuentro más o menos no va a cambiar esta regla.
Existe otro dato que atestigua el retraso de productividad del sistema italiano, el de las horas laborales de media durante el año por trabajador entre 2000 y 2019 (FDV): las 1.583 del asalariado italiano son muy superiores a las 1.334 de su homólogo alemán. En síntesis, en la media del periodo, el italiano trabaja 250 horas más por 12.400 euros menos.

Misiles, urnas y coaliciones en la guerra de Gaza

Simon Sebag Montefiore, ensayista británico, en la obra Jerusalén: biografía de una ciudad (Mondadori, 2018) evoca el llamado «síndrome de Jerusalén»: una condición «psicológica» pero también «política», donde la confrontación entre «pasiones devoradoras y sentimientos invencibles, impermeables a la razón» hace que a menudo domine la «ley de las consecuencias no deseadas». Una condición que, quizá, se pueda extender a toda la historia de Oriente Medio. 
En mayo pasado, el detonante para la "guerra de los once días", el cuarto conflicto de baja intensidad en Gaza, fue una causa inmobiliaria: desalojo de algunas decenas de familias palestinas, en el barrio árabe de la ciudad, Sheikh Jarrah, reivindicado por una asociación de colonos judíos según un contrato de venta firmado con las autoridades otomanas en 1876, en la época de la primerísima inmigración judía a Palestina. El barrio debe su nombre al médico personal del Saladino, el jefe militar kurdo que, en 1187, reconquistó la ciudad tras luchar contra los cruzados. En la época del mandato británico allí residía el gran muftí de Jerusalén, Amin al-Husseini, y en 1944-45 se abrió la primera sede de la Hermandad Musulmana, de la que Hamás es una filial. 
Según la tradición judía, en una cueva en las afueras del barrio estaría la tumba de Simon Hatzadik (Simón el Justo), importante figura religiosa del siglo III a.c. Para Montefiorem, sería una leyenda, al tratarse de una tumba romana de cinco siglos después. Historia, mitos, creencias y pasiones se han ido sedimentando a lo largo de casi tres mil años. Esto como demostración de la tosquedad del acercamiento de Donald Trump, con el alardeado «acuerdo del siglo» de 2017. 

Los misiles electorales de Hamás

Alrededor de la cuestión de Sheikh Jarrah se han entrelazado las manifestaciones de la derecha religiosa judía, para celebrar la conquista de Jerusalén Este en 1967, las previsibles contramanifestaciones palestinas, culminadas en el bloqueo del acceso a la explanada de las Mezquitas, y luego su desalojo por parte de la policía israelí, con centenares de heridos y detenidos. Mahmoud Abbas, presidente de la Sulta, la Autoridad Nacional Palestina que administra Cisjordania, ha aprovechado la ocasión para suspender la jornada electoral de las legislativas y presidenciales, la primera desde 2006, en la que había aceptado participar también Hamás, el movimiento islamista que controla Gaza. 
Entre los motivos de Abbas está el haber excluido del voto a los ciudadanos palestinos de Jerusalén. Sin embargo, según la opinión de los observadores, el problema sería la creciente disidencia interna en Fatah, el partido de Abbas, unido al temor de que, al igual que en 2005-2006, de las urnas salga vencedor Hamas, tanto en Gaza como en Cisjordania. En aquel momento, Hamas, el Movimiento de la resistencia islámica (el acrónimo en árabe significa «fervor», «entrega»), obtuvo el 56% de los votos contra el 44% de Fatah. Este año se habían presentado una treintenade listas electorales, con Fatah mismadividida en tres.
Excluida de las urnas, Hamas actúa en las plazas y, tal y como escribe el Hindustan Times de Delhi ha elegido «llevar a cabo su campaña electoral en Cisjordania» a golpe de misiles Qassam: unos 4.000. Simbólicamente, ha abierto el enfrentamiento con los primeros disparos hacia Jerusalén y después contra los mayores centros urbanos israelíes, incluida Tel Aviv, desencadenando la represalia militar. En la jerga de las IDF, las fuerzas armadas del Estado judío, la «guerra a distancia» contra Hamás, efectuada con drones, ataques aéreos y artillería, se la conoce como «crasquilar el césped». En pocas palabras, significa degradar las capacidades militares de Hamas y minar, en cierta medida, aquellas económicas. Gran parte de los misiles de Hamas, que pasó de usarse para el terrorismo suicida en la segunda lntifada de 2000-2005 a la guerrilla balística, ha sido interceptada por el sistema antimisiles lron Dome, se dice que hasta en un 90%. Todo el ejercicio ha costado más de 260 víctimas, en gran mayoría palestinos.
 

Madrid entre ladrillos y maquinaria

En la Puerta del Sol de Madrid, la sede del gobierno regional, en mayo de 2011 las manifestaciones de los indignados anunciaban la llegada también en España del nuevo ciclo político: que se habría concretado en el momento de apogeo del procés independentista catalán y de los regionalismos en la emersión de Podemos, Ciudadanos y Vox, y en las sucesiones a] trono y en los principales partidos, que veían asomarse una nueva generación de líderes. 
Sin embargo, la crisis de la pandemia secular ha sacudido una vez más el panorama político, y la manera en que Europa saldrá de esta va a perfilar las nuevas perspectivas. Los desequilibrios globales, en la base del nuevo ciclo, no han desaparecido, pero, para las fuerzas políticas que lo han encarnado, se está abriendo un nuevo proceso de selección y transformación, un intervalo que podría marcar un hito. En este sentido, los recientes acontecimientos políticos en España ofrecen elementos de reflexión. 



Madrid hoy ... 

La popular Isabel Díaz Ayuso (Madrid, 1978) ha ganado su plebiscito personal contra la coalición del gobierno central de Pedro Sánchez (Madrid, 1972), dirigido por el PSOE y Unidas Podemos. Reaccionando a la fallida moción de censura contra el PP en manos de Ciudadanos y del PSOE en Murcia, ha convocado y ganado las elecciones en la región de Madrid. 
Apoyándose en la corriente aznarista, más atlantista, liberal en economía y conservadora desde el punto de vista de la política territorial, ha aprovechado la caída del partido liberal Ciudadanos, que no ha superado la barrera del 5% y ha perdido todos sus escaños. Asimismo, ha contenido el auge de Vox, que de todas formas estaba dispuesto a ofrecer sus propios escaños a la investidura de Ayuso, quien podría ostentar el título de reunificadora del centroderecha. 
Su victoria se ve reforzada por una fuerte disminución de la abstención, que le permite obtener más del doble de los votos que en el 2019, volviendo a llevar así al PP local a niveles próximos a los del 2011, año en que también ganó las elecciones generales. 
En la izquierda se registran desplazamientos igual de profundos. Pablo Iglesias (Madrid, 1978), líder de Unidas Podemos, la fusión entre Podemos e Izquierda Unida (IU), había dejado su cargo de segundo vicepresidente del gobierno central para presentarse como candidato; encajada la derrota de la izquierda, ha decidido abandonar la política; junto a Albert Rivera (Barcelona, 1979), quien dejó el mando de Ciudadanos tras el derrumbe en las elecciones generales, es el segundo líder de los nuevos partidos que abandona el escenario. 
El PSOE también se ha visto afectado. El profesor «soso» Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) en 2019 había sido el más votado, aunque ya estaba planificando abandonar la política regional: ahora pierde casi un tercio de los votos, después de una campaña oscilante en cuanto a la relación con Iglesias. Lo supera por poco Más Madrid, partido local ecologista nacido precisamente de una escisión de Podemos: en aquel momento se oponía al deslizamiento hacia la izquierda y hoy, pensando en la expansión nacional, mira hacia el modelo de los Verdes alemanes. Su candidata, Mónica García (Madrid, 1974), médico y. paladín de la sanidad pública, no se ha dejado arrastrar en la cruzada de Iglesias entre «fascismo y democracia», sino que ha centrado su atención en la gestión de la pandemia por parte de la Comunidad. 
Madrid cuenta con los peores datos de mortalidad del país, sobre todo entre lós ancianos; sin embargo, esto no ha impedido el ascenso de Ayuso con su campaña contra el aumento de los impuestos y a favor de la «libertad», que ha interceptado la indignación del "partido del PIB" contra las restricciones y, según El País, también «un amplio sentimiento de cansancio pandémico, el deseo de actividad laboral e interacción social». 

... ¿mañana  España. 

Al día siguiente de la victoria, ha em­pezado el debate sobre las implicaciones a nivel nacional. El PP, reforzado, aspira ex­plícitamente a canibalizar lo que queda en el país de los restos de Ciudadanos, para luego centrarse en las generales de 2023. Sin embargo, existen reservas acerca del «trumpismo castizo» de Ayuso, como Jo definen sus adversarios, y su posibilidad de que sea exportado, es decir, si, según reflexiona el Financia/ Times, «la dere­cha martirizada y fragmentada de España y sus homólogas europeas podrían repetir en otra parte un conservadurismo apolo­gético que ha capitalizado el esfuerzo de las restricciones del Covid». 
Sin embargo, Jorge Tamames, antiguo redactor-jefe de Política Exterior, en una intervención para el parisino Le Grand Continent, observa que «trumpista es un adjetivo que se usa con demasiada ligere­za», mientras que la verdadera clave para comprender el poder del PP madrileño en los últimos 26 años hay que buscarla en su 
base social: «nuevas clases periurbanas, grandes y pequeños rentistas (en un país con el 77% de familias con vivienda en propiedad, 7 puntos por encima de la media europea), el sector hotelero, el pueblo conservador de la periferia madrileña y un tejido empresarial educativo, sanitario, de residencias para ancianos que se beneficia de las redes clientelares». Por otro lado, para Tamames, la propuesta del PP basada en «especulación inmobiliaria, el ladrillo y el turismo» es incapaz de «consolidar a España como potencia exportadora según el modelo de Alemania», o sea, precisamente lo que implicaría el nuevo Plan Marshall europeo.
El sistema politico español está buscando un equilibrio entre «maquinaria y ladrillos», donde por «ladrillos» hay que entender en un sentido amplio gastos e inversiones para reconstruir, y mantener juntas, las bases de masa de los grandes partidos, cuyas oscilaciones han dado vida al nuevo ciclo político. 

Límites territoriales 

Así pues, no parece casual que el plan de recuperación de Sánchez incluya, además de la política industrial en energías renovables y digitalización, también casi 6 mil millones dedicados al rendimiento energético de los inmuebles y a la construcción de nuevas viviendas. Por su parte, el PP, al día siguiente de la victoria, publicó un artículo significativo en El Mundo, firmado por su portavoz europea Dolors de Montserrat (Barcelona, 1973) y por el líder del PPE, el alemán Manfred Weber. En la premisa declaran que «en algunos ámbitos se tendrían que devolver competencias a los Estados miembros», aunque por otro lado «la acción común es crucial y la UE necesita mayores poderes ejecutivos». He aquí una posible interpretación del "trumpismo light": seguir empuñando la bandera del soberanismo para que no lo hagan los demás y, al mismo tiempo, apostar por una integración europea más sólida. 
Según observa Tamames, los mayores límites del PP serían territoriales. Dado que el trasvase de votos entre los bloques sigue siendo modesto, «gobernar España exige alcanzar acuerdos con los partidos regionalistas e independentistas, lo que facilita a la izquierda, menos centralista que la derecha». 
Sin embargo, en el propio PSOE hay quien ha leído el resultado de Madrid como un castigo a la política de Sánchez y a una coalición desequilibrada hacia la izquierda, que a menudo se ha apoyado en los independentistas catalanes y vascos. En las primarias socialistas en Andalucía, convocadas en la perspectiva de un anticipo electoral en una de las comunidades autónomas españolas más grandes, Susana Díaz (Sevilla, 1974), protegida del expresidente Felipe González, encarna una opción más centrista que vuelve a levantar la voz. 
Sánchez busca la recuperación económica y la perspectiva de una rápida vacunación, pero ante él tiene a un Madrid hostil y a una Cataluña donde, a pesar de que los socialistas hayan salido primeros en las elecciones de febrero, los independentistas en su conjunto siguen haciendo girar a Barcelona sobre sí misma. 

Espacio Úrsula 

El resto del país muestra realidades diferenciadas. Por ejemplo, el socialista valenciano Ximo Puig (Morella, 1959), presidente de la cuarta comunidad por número de habitantes, con un puerto estratégico del Mediterráneo, recuerda que «Sánchez es el mayor referente de la socialdemocracia europea». Desde Galicia, Alberto Núñez Feijóo (Ourense, 1961), único popular que gobierna su comunidad con mayoría absoluta, reclama para el PP un «cambio de ciclo [para volver a hacer] una política más occidental, más europea, más previsible». Ellos recuerdan que las versiones más conciliadoras del PSOE y del PP constituyen para muchas comunidades, el enlace con la Comisión UE de Úrsula van der Leyen y con los fondos del Next Generation EU. 
Ayuso ha hecho famoso su lema «Madrid es España», aunque si se mira bien, España no empieza en Madrid y no acaba en Barcelona. De hecho, su «terremoto político» madrileño tenía el epicentro en la periférica Murcia. Parafraseando al debate italiano, ¿es posible encontrar en España un espacio Ursula, que conecte a las principales formaciones españolas con la directriz europea? Ciertamente existe dicho espacio político, social, territorial y, en parte, generacional de entendimiento entre las grandes fuerzas políticas. La cuestión es quién y cómo lo va a gestionar. 


Eurosolubles

Antes de que llegaran las bolsitas y cápsulas monodosis, había un polvo liofilizado soluble al instante, que por sí solo no es comparable a un auténtico café espresso. Ahora bien, hace tiempo que seguimos las peripecias de los soberanistas y populistas con la idea de que su futuro político dependiera de mostrarse eurosolubles. Haciendo referencia a los rasgos securitarios, xenófobos y hostiles hacia los inmigrantes, que se han convertido en moneda corriente en el debate europeo, hemos escrito que la "Europa que protege" podía haber utilizado el gruñido antiinmigrantes de los soberanistas, sujetándolos con la correa del consenso estratégico europeísta. 
Dicho y hecho. Tanto en Italia, como en Francia y en otros países europeos, ese fenómeno está en pleno desarrollo. En Italia el partido Cinque Stelle ya había emprendido su camino de conversión hace un año y medio, encargados nada menos que de la guía de la diplomacia italiana. La Lega incluso se volvió europeísta en una noche. En Francia una operación similar se apodera del Rassemblement National de Marine Le Peo: cambia la relación con Europa, ya no se habla de Frexit, y el euro se ha convertido en una moneda que protege. Por supuesto, es una señal de los tiempos: el soberanismo navega en malas condiciones, la pandemia secular no es cosa de aventureros y aficionados, y Donald Trump, el soberanista al mando en la Casa Blanca, se ha marchado de forma trágica y grotesca. Pero, sobre todo, es la señal del dinero de Europa con su plan de relanzamiento, al que nadie quiere renunciar. 
Draghi, Macron, Merkel, junto con los demás líderes del Viejo Continente, serán los intérpretes de más alto nivel de las directrices estratégicas de la UE, con la tarea de dirigir una reestructuración europea que marcará la próxima década. Será una batalla larga y un desafío temible para una oposición de clase. El enemigo está en nuestra casa: disfrazado de Europa que protege, el imperialismo europeo prepara nuevos conflictos en la contienda mundial y nuevas guerras. Con mayor razón no hay motivo para tragarse la bazofia de su transformación integral e instantánea. Hay otra política, la política comunista, hecha de seriedad, de conocimiento y de pasión por la lucha. Oposición proletaria al imperialismo europeo. 


La puesta en marcha del gobierno de Draghi ha reanimado a cúpulas sindicales, ansiosas de ser «implicadas» por el «gobierno de todos», especialmente en la era del Recovery fund. Es «concertación» la palabra a la que se hace referencia con más frecuencia en los comentarios sindicales. Lo es de modo explícito por parte de la CISL de Annarnaria Furlan, que pide «un gran acuerdo concertado» (II Messaggero, 8 de febrero). Pierpaolo Bornbardieri, secretario de la UIL, añade que «la concertación debe convertirse en un método para ayudar al país a recomen­zar», y también Maurizio Landini, de la CGIL, ve la «novedad» en el hecho de que «los interlocutores sociales se han involucrado en la fase de institución del nuevo gobierno» ("Conquiste del lavoro", 11 de febrero).

Dos etapas de la política imperialista europea 

En ese sentido, se desperdician las referencias al gobierno Ciarnpi de 1993, olvidando que esta «concertación» sirvió para contener el coste de la mano de obra. En cambio, viene negada cualquier similitud con el gobierno Monti, nacido en 2011 después de que Mario Draghi, corno presidente entrante del BCE, envió junto con el saliente JeanClaude Trichet la "carta secreta" al gobierno Berlusconi, solicitando intervenciones sobre las pensiones, el empleo público y reformas en la contratación y el mercado laboral: en definitiva, la «cura alemana» pagada por los trabajadores. 
No hay duda de que hoy nos encontrarnos en un segundo tiempo de la política imperialista europea, el del relanzarniento postpandernia. Pero es superficial pensar que la función de Draghi es simplemente gastar cientos de miles de millones. No se debe pasar por alto que este río de dinero fluye por el cauce de la reestructuración europea, y se da con la condición de reformas estructurales, incluida la transición energética, con miras a elevar la productividad del sistema en general y de las empresas en particular. 
También en el sindicato, todo esto impone un salto: si la reestructuración es europea, si el gobierno de Draghi es "europeo", es en ese nivel donde se debe jugar la partida. «Levantar la mirada», corno invoca Landini, requiere estudio, visión y organización de un verdadero sindicato europeo. 

Desempleo y falta de contratación 

En el frente laboral, la primera fecha límite del nuevo gobierno es el 31 de marzo con el fin de la congelación de los despidos y los ERTE por la Covid. La demanda sindical es de prórroga hasta el final de la emergencia. Desde la patronal, en cambio, ya llegó la petición de su presidente Carla Bonorni de levantar el bloqueo a los des­pidos y prolongar el CIG-Covid solo a empresas en grave dificultad, eliminando las limitaciones para las demás ("La Starnpa", 4 de febrero).
En caso de eliminar el bloqueo, sin embargo, muchos esperan cientos de miles de nuevos desempleados, los que se sumarían a los 444.000 puestos de trabajo perdidos en 2020, según cálculos del ISTAT. Hay también otro dato a tener en cuenta. El boletín trimestral de Unioncamere y ANP AL prevé una reducción de las contrataciones en casi un cuarto con respecto a hace un año, con un pico del 4 7% en los sectores de alojamiento y restauración: a los despidos hay que añadir, por tanto, la falta de contratación. Con una paradoja, pero no nueva: un tercio de las contrataciones previstas en el período son difíciles de realizar por falta de mano de obra, sobre todo en lo que respecta a técnicos y titulados, pero también de trabajadores del sector metalcánico ( fundidores, soldadores, fabricantes de herramientas, etc.). Pero la idea de que un camarero despedido pueda de repente convertirse en soldador deja a algunos perplejos. 

El convenio de los metalúrgicos 

Mientras tanto, en febrero se llegó a un acuerdo para la renovación del convenio de los metalúrgicos. La cifra del aumento salarial obtenido (112 euros mensuales en el 5° nivel) se encuentra a medio camino entre la demanda sindical (alrededor de 150 euros) y la oferta patronal de 65 euros. Pero en la cuenta hay que considerar que tal aumento, dividido en cuatro tranche, entrará en vigor en junio de 2024, cuatro años y medio después de la expiración del convenio anterior ( diciembre de 2019). Ciertamente se trata de un aumento salarial superior al arrancado en el acuerdo de 2016 cuando, también debido a una precipitada elección sindical, se limitó solo a la recuperación de la inflación. Pero sobre las ganancias reales hay una cláusula: salvo acuerdos específicos, el aumento absorbe los "super mínimos", una partida de los salarios a nivel empresarial o individual particularmente extendida en los estratos administrativos y técnicos, que pueden así encontrarse con un aumento inferior o incluso nulo. 
Dicho esto, es extraño escuchar de los líderes sindicales himnos al «resultado extraordinario»: así se han expresado Francesca Re David de FIOM-CGIL como Roberto Benaglia de FIM-CISL. Quizás es una reacción al sorteado peligro de una no renovación. Sin embargo, no parece el caso ni de exaltarse ni de condenarse: se trata más bien de tomar nota de un acuerdo determinado por la situación no ciertamente favorable para nuestra clase, una base sobre la que asentarse para dar pasos futuros hacia adelante.

Estratos salariales profundos en la Europa opulenta 

En el abanico de estratificaciones de clase no podemos olvidar los estratos profundos, los que más han pagado y están pagando por la crisis inducida por la pandemia. Incluso en la patria de la economía social de mercado, Alemania, terminan siendo abandonados. La denuncia proviene del semanario Die Zeit del 28 de enero. Muchos han perdido sus minijobs. No solo eso: si bien es cierto que la inflación se ha estancado en el 0,5%, los precios de los productos de primera necesidad han subido un 2,4% en 2020, afectando justamente a las rentas más bajas. Es más: el cierre de las escuelas y jardines de infancia ha provocado la falta de alimentación gratuita para los niños. Moraleja: «los pobres se han vuelto aún más pobres». «Muchos han sido ayudados (Kurzarbeiter, empresas, autónomos, estudiantes, familias), pero no los más pobres». 
Un estudio del Instituto de Ciencias Económicas y Sociales WSI, cercano a los sindicatos, calculó que en Alemania, frente a una pérdida media del 32% en los salarios provocada por la crisis, los tienen unos ingresos inferiores a 1.500 euros mensuales han perdido un 40%: «quien tenía menos ha perdido relativamente más» (Han delsblatt, 20 de noviembre de 2020). 
El fenómeno de los working poor, es decir, los asalariados con ingresos inferiores al 60% de la media, está en el centro de un análisis del sindicato europeo CES, basado en datos de Eu­rostat: en la UE casi uno de cada diez trabajadores (9,4%) entra en esta categoría y su número ha crecido en un 12% en el año de la pandemia. Se trata a menudo de jóvenes con trabajos temporales o de media jornada e inmigrantes. 

El círculo obrero en las estratificaciones salariales 

Otro estudio de la Comisión Euro­pea, de abril de 2020, estima que los inmigrantes son precisamente el 13% de los llamados trabajadores «esenciales»; y en algunos sectores son literalmente «esenciales para cubrir roles vitales». Son más de un tercio en limpieza, más de un cuarto en construcción, un quinto en cuidado de personas y en la industria alimentaria, un sexto entre conductores. El documento europeo señala que «entre los inmigrantes, los trabajadores poco cualificados están sobrerre presentados en una serie de ocupaciones clave, vitales en la lucha contra la Covid-19, mientras que su valor es a menudo pasado por alto». 
Es a todo este amplio espectro de estratificaciones salariales, desde el metalúrgico al joven dependiente de los servicios hasta el inmigrante, hacia donde se dirige la actividad de los círculos obreros, para defender las condiciones de trabajo y de vida y para unir a la clase en la estrategia de la lucha por el comunismo. 

El vaticano y la cuestión china

En el décimo aniversario de la fundación del Instituto Confucio de la Universidad Católica de Milán. se ha organizado el congreso "1919-2019. Esperanzas de paz entre Oriente y Occidente". Entre los presentes, junto al Secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, estaba también el obispo de Pekín, Li Shan. 
¿Por qué una comparación entre 1919 y 2019? Al igual que en aquel momento, observa el historiador Agostino Giovagnoli, se plantea la cuestión de «un nuevo orden internacional». Con respecto a Pekín, si cien años atrás se en frentaron sobre todo Estados Unidos y los países europeos, en una disputa totalmente occidental, hoy sería «imposible» excluir a China. Mutan las relaciones de fuerza entre las potencias, el baricentro mundial se desplaza a Oriente. La organización eclesiástica, que tiene en el Occidente declinante el corazón de su enraizamiento, es llamada a afrontar las implicacio­nes de este cambio de época.