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La lucha contra el coronavirus

Euforia biotech

Las vacunas contra el nuevo coronavi­rus SARS-CoV-2 han marcado un resultado histórico, por la rapidez con la cual han sido desarrolladas y por las tecnologías empleadas, en particular la técnica innovadora que utiliza moléculas de ácido ribonucleico mensajero (mRNA). Las vacunas que han recibido una plena o limitada autorización son en total en el mundo 22, y 12 las más usadas (New York Times, Covid-19 Vaccine Tracker). En conjunto, añadiendo las vacunas en fase de evaluación clínica o preclinica, la Organización mundial de la salud enumera 320 (WHO, Covid-19 Landscape of novel coronavirus candidate voccine development worldwide, 12 de octubre). 
Mientras tanto, la producción total mundial tiene como objetivo superar en 2021 las 12 billones de dosis (Air­finity, 7 de septiembre) y 6,7 billones ya han sido suministradas en 184 países (Bloomberg, 18 de septiembre). La mayor parte está constituida por las dos vacunas (BioNTech/Pfizer y Moderna) basadas en la tecnología del mRNA. 
Si en el ámbito de la prevención la investigación científica ha logrado éxitos de excepcional alcance, los resultados en la terapia de la enfermedad todavía son decepcionantes. 
Como siempre ocurre en la historia de las epidemias, charlatanes y embaucadores proliferan. La pandemia secular no constituye una excepción, ha vuelto a lanzar las teorías más imaginativas y todo tipo de conspiraciones; han dado la cara, además de eminentes "pensadores", muchos políticos también de niveles muy elevados, apoyando remedios "milagrosos", arrastrando la complicada investigación científica por los patios de su política. Como muestra un botón: el asunto de los antimaláricos cloroquina e hidroxic/oroquina a los que, según el BMJ, se les ha dedicado un «número desproporcionado» de investigaciones, y que han sido exaltados por distintos aventureros políticos, entre ellos el presidente americano Donald Trump y el brasileño Jair Bolsonaro. 
En 1894, Friedrich Engels ponía en guardia a los jóvenes sectores del movimiento obrero acerca de todos los excéntricos que habrían intentado acercarse: entre otros, «adversarios de la vacunación», defensores de la medicina natural, predicadores de la abstinencia del alcohol, «autores de nuevas teorías sobre el origen del mundo», inventores fracasados. Y, por último, «locos honestos e impostores deshonestos». 

Científicos, charlatanes y contendientes 

Con la aparición de la enfermedad desconocida provocada por el nuevo corona virus, la medicina ha echado mano con ansiedad y de manera un poco revuelta del arsenal terapéutico ya existente y ha empezado a probar potenciales nuevos tratamientos para detener al virus o, al menos, atenuar sus manifestaciones más graves. 
Excepcional ha sido la dedicación de la comunidad científica, aunque con algunas repercusiones negativas. El Brítish Medica Journa ha informado de que tan solo entre enero y junio de 2020 se contabilizaron más de mil trial clínicos registrados dedicados a los tratamientos. Los autores de la investigación observan que una cantidad de estudios tangrande, paradójicamente, ha hecho que fuera más difícil para los médicos, para las propias agencias reguladoras y para los gobiernos la interpretación de los resultados y la identificación de los tratamientos más eficaces o más prometedores sobre los cuales concentrar la investigación y la elaboración de pautas fiables. Estudios heterogéneos, repetitivos, redundantes, contradictorios, construidos sin un proyecto bien estructurado han expuesto la investigación a defectos y fracasos. «Ha­cer ciencia mediante notas de prensa», publicando apresuradamente estudios incompletos, sin una revisión por parte de un grupo de control, «se ha convertido en algo habitual» y «ha alimentado confusión y sensacionalismo», causando ansiedad y desorientación en el público (BMJ, 16 de octubre de 2020). 
La fanfarria mediática ha puesto de su parte, anunciando "sensacionales" descubrimientos, dando por verdaderos unos resultados dudosos o erróneos y difundiendo ilusiones y desilusiones. Se ha fertilizado el terreno de las actitudes anticientíficas, como los prejuicios hacia las vacunas. 

A la caza de antivirales
 
Los estudios publicados para la curación del Covid aumentan a un ritmo que nunca antes se había visto. BMJ contó 2.800 en marzo de 2021, entre completados o en curso, pero «las pruebas para un tratamiento eficaz siguen siendo limitadas» (Drug treatments for Covid-19: living systematic review and network meta-analysis, 13 de abril). 
La lista de las medicinas a prueba, entre "viejas" revisitadas y nuevas, es larga. Tan solo para los antivirales, según un amplio estudio del que nos habla el instituto californiano Scripps Research, entre los miles de fármacos examinados, 90 habrian mostrado alguna capacidad de impedir la réplica viral, 13 con un «alto potencial» (Extensive study identifies over a dozen existing drugs as potential Covid-19 therapies, 3 de junio).

El New York Times enumera 25 tratamientos mayormente debatidos. Tan solo uno hasta ahora está autorizado por la FDA americana (y también por la EMA), otros cinco se «utilizan ampliamente» y con autorizaciones que limitan su uso, uno está considerado «prometedor». Los demás todavía son candidatos controvertidos y están en fase de evaluación. El periódico añade a esta lista otros tres clasificados como «pseudociencia» ( Coronavirus Drug and Treatment Trac­ker'' 13 de octubre). 
El tratamiento autorizado es el remdesivír de la empresa californiana Gilead Sciences, la cual hace ocho años sacó su fármaco contra la hepatitis C alcanzando facturados multimillonarios. El remdesivir es un antiviral que había demostrado resultados "poco brillantes" contra el Ébola y la hepatitis C, aunque muchos expertos sigµen mostrando escepticismo sobre su real eficacia en prevenir las consecuencias más graves del Covid-19. 
Entre los otros tratamientos "amplia­mente usados", está la vieja dexametasona, un corticosteroide en uso desde hace décadas, que ha demostrado su validez sobre todo en las formas graves de Covid-19, ahorrando vidas. Los otros son anticuerpos monoclonales, suministrados principalmente en cocktail, de las compañías americanas Eli Lilly y Regeneran y de las británicas AstraZeneca y GlaxoSmithK.line (GSK), esta última en partnership con la californiana Vir Biotechnology. Los anticuerpos monoclonales llevan utilizándose desde los años 70 y desde entonces la FDA ha autorizado su uso en 79 enfermedades, desde el cáncer al SIDA. Para el Covid-19 todavían están evaluándose: se muestran eficaces en reducir la mortalidad, pero hallan limitaciones en la necesidad de usarlos en las fases iniciales de la enfermedad y de suministrarlos por vía parenteral.  
A comienzos de octubre, Merck & Ca. solicitó en Estados Unidos la autorización para. comercializar el primer antiviral que puede administrarse por vía oral (molnupiravir), desarrollado en colaboración con la biotech Ridgeback Biotherapeutics. La eficacia tan elevada en reducir la hospitalización y la muerte por Covid-19, junto con la facilidad de suministración en comprimidos durante 5 días, ha despertado muchas expectativas. Por su parte, Merck planea la duplicación de la producción en 2022, llevándola a al menos 20 millones de ciclos, equivalentes a 800 millones de comprimidos, con la firma de acuerdos con otras casas farmacéuticas para la producción de versiones genéricas a precios rebajados (Financial Times, 13 de octubre).
Merck se recupera de la doble derrota en el ámbito de la investigación de la vacuna. Se trata de una de las cuatro grandes sociedades farmacéuticas que antes de la pandemia se repartían el 90% del mercado global de las vacunas. Sus dos candidatas, ambas de vector viral, de las cuales una en colaboración con el Institut Pasteur, fueron abandonadas a principios de año por la insuficiente respuesta inmunitaria.
El fracaso del segundo mayor productor de vacunas en el mundo ha sido saludado como una derrota no solo americana sino también francesa, porque la comparte con una antigua gloria de la investigación de más allá de los Alpes. «Una derrota biomédica en el país de Pasteur» que evidencia «la incapacidad de la investigación francesa», escribió Les Echos (29 de enero). Así pues, Merck se ha concentrado en las terapias, produciendo pocos meses después el primer antiviral que se puede suministrar por vía oral.

Reconstituyente para el biotech 

La pandemia ha impulsado una ace­leración en todo el sector de las biotecnologías en ámbito médico: vacunas, fármacos y biomédicos. El sector de las vacunas, de "marginal" con respecto a los fármacos, ha adquirido una importancia relevante. 
La afirmación de la tecnología que explota el mRNA abre el camino a nuevos desarrollos en medicina. El estudio de fármacos "personalizados" utilizando la técnica del mRNA contra algunos tipos de tumores llevaba algunos años
gestándose en pequeñas sociedades bio­tecnológicas, como la alemana BioNTech y la americana Moderna, pero sin lograr colocarlos en el mercado. Su éxito en las vacunas anti Covid-19 ha despertado expectativas sobre la utilización de esta tecnología para curar un amplio espectro de patologías, desde el cáncer hasta las enfermedades infectivas. Según sus defensores, «una más amplia adopción de la tecnología a base mRNA anuncia una revolución en la medicina moderna» (Financial Times, 14 de octubre). Las grandes sociedades farmacéuticas habrían abandonado el anterior escepticismo hacia estas investigaciones "de nicho" y apuestan ingentes inversiones sobre una amplia gama de nuevos fármacos "a medida".  
Tan solo el mercado de los antitumorales, que llevan años a la cabeza a la hora de atraer inversiones en investigación y desarrollo y en el crecimiento, ya tenía como objetivo superar los 311 billones de dólares en 2026, más del doble del valor de 2019. En total, los fármacos "biotecnológicos" representaban en 2012 en valor el 20% de las ventas totales de medicamentos, en 2020 el 30% y se prevé que van a constituir el 35% en los próximos cinco años (EvaluatePharma, World Preview 2020).
Décadas de investigaciones han recibido un nuevo impulso, tratamientos que se están aún gestando van a llegar pronto al mercado de la salud, los avances en el ámbito de la terapia génica, las nuevas tecnologías, despiertan grandes expectativas de curaciones eficaces contra las más variadas patologías, desde los tumores hasta las enfermedades infectivas, desde las enfermedades neurológicas hasta los desórdenes del sistema inmunitario. 
Buenas noticias para la medicina y óptimas para las perspectivas de los capitales. La euforia biotech atrae un vigoroso flujo de inversiones, públicas y privadas, en las grandes y pequeñas sociedades farmacéuticas, volviendo apetecibles al mismo tiempo una multitud de pequeñas empresas biotech que durante años se han dedicado a la investigación pero con pocos o ningún resultado económico.  
El índice NASDAQ Biotech ganó más del 30% en 2020, alcanzando su máximo histórico; sustanciosas financiaciones les han llegado a las startup privadas, que recaudaron casi 22 mil millones de dólares en 2020, 39% más que el año anterior (EvaluatePharma, World Preview Report 2021). Según Nature, las empresas biotecnológicas privadas han registrado un récord por número y por recaudación de fondos, induciendo a algunos analistas a temer una "burbuja"; y sigue la actividad de adquisiciones y fusiones, donde se destaca la adquisición de sociedades biotech por parte de grandes compañías farmacéuticas, cuyo objetivo es el de ampliar sus capacidades sobre todo en el campo de los antitumorales de nueva generación y de la terapia génica (Nature Biotechno­logy, 1 de abril). 
Para el sector industrial de las biotecnologías se vislumbra una intensa reestructuración y una acalorada batalla.

Políticas de exacerbación del miedo y censura en la gestión del Covid

Ángeles Maestro / 9 septiembre 2021

A medida que pasa el tiempo, el necesario análisis retrospectivo de las políticas gubernamentales y de los grandes medios de comunicación va desvelando hechos que difícilmente se corresponden con objetivos de protección de la salud de las poblaciones frente a la nueva pandemia.
Los interrogantes son muchos y como veremos, salvo algunas excepciones, las líneas generales aplicadas por los gobiernos y las corporaciones mediáticas «occidentales» (léase la UE y Estados Unidos) no difieren en lo sustancial. Por ello, aunque me refiera preferentemente al Estado español, no cabe pensar que sean el fruto particular de gobernantes inexpertos, sin que ello exima al Ejecutivo PSOE – Podemos de responsabilidad por sus acciones, u omisiones, en el tratamiento de la crisis Covid.
La memoria es débil y quizás alguien no recuerde cómo desde el Gobierno central se escenificó y se ejecutó la militarización del miedo, con el imprescindible concurso de todos los grandes medios de comunicación. Obviamente, se trataba de crear una situación de pánico y de confusión que permitiera imponer medidas inadmisibles en circunstancias normales.

Tan impactante «recurso informativo» fue retirado cuando el General de Brigada de la Guardia Civil, Santiago Marín, cometió la imprudencia de declarar que se le había encargado «investigar y minimizar el clima social contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno”. 
 
La indiscreción del General que, en su momento, desató ruidosas críticas, fue una muestra precoz del tratamiento informativo de la pandemia, como veremos más adelante. Dos meses más tarde, el citado General fue ascendido a Jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil.
 
1. Un escenario de miedo, confusión e impotencia.
 
Se creó una sensación de catástrofe y de riesgo de muerte general para una enfermedad con una tasa global de letalidad de 0,8%. Junto a la persecución policial de quienes se atrevían a salir a la calle si no era para trabajar, contribuyeron decisivamente a la extensión del pánico las terribles imágenes de miles de personas mayores muertas en situación de total abandono en residencias de mayores o solas en sus  casas.  Si bien la causa inmediata de la muerte pudiera ser el Covid 19 no cabe duda de que a estas personas se les negó la asistencia sanitaria. Para decirlo con más claridad, por indicación de las consejerías de sanidad, se les impidió el acceso a los hospitales públicos  y se les abocó a una muerte segura en completa soledad. Mientras tanto, los hospitales privados exhibían una situación de insultante normalidad y en ellos  ingresaban personajes públicos y personas adineradas de todas las edades.
 
Las decenas de miles de muertes por denegación de asistencia sanitaria fueron el resultado de dos procesos, uno de ellos, estructural, y otro más inmediato.
Los hospitales públicos se encontraban en condiciones normales, anteriores a la pandemia, al borde del colapso debido a la insuficiencia progresiva de recursos de una sanidad pública que se viene desmantelando desde hace dos décadas por las consejerías de sanidad para favorecer el negocio privado.
Ante la insuficiencia desesperada de recursos sanitarios públicos y la evidencia de miles de muertes por falta de asistencia, ni el gobierno central, ni los autonómicos, intervinieron los hospitales privados, a pesar de que esta posibilidad estaba prevista en el artículo 13 del R. D. de Estado de Alarma.
 
El confinamiento, el bloqueo informativo y el impacto paralizante del miedo impidieron que estallase la reacción popular de indignación, que vivieron en solitario miles de familias de los barrios obreros. Si bien en las primeras semanas no se expresó en las calles la ira del pueblo contra los responsables de miles de muertes evitables, si hubieron, en pleno confinamiento, manifestaciones en los barrios burgueses sin que dieran lugar a represión policial alguna. Cuando en septiembre, ya finalizado el confinamiento,  la juventud de los barrios obreros salió masivamente a denunciar las carencias de la sanidad pública y la asfixiante presencia policial en sus calles, «menos policía, más sanidad», los brutales apaleamientos y las detenciones volvieron a recordar a qué intereses responden loa aparatos del Estado.
 
Hasta ahora, han sido archivadas por la Fiscalía todas las denuncias presentadas por familiares de las personas muertas, por «homicidio imprudente, omisión del deber de socorro y denegación de asistencia médica».

2. La autorización condicional de las vacunas para una situación de emergencia.
 
Con el escenario del miedo bien aderezado, se impone la vacuna como única solución. En agosto de 2020, antes de que se conociera resultado alguno de los ensayos clínicos en curso, Estados Unidos y la UE deciden comprar millones de dosis a las grandes multinacionales farmacéuticas. La UE, además, acuerda que sean los gobiernos los que hagan frente al pago de indemnizaciones por posibles reacciones adversas de las vacunas y se dispone a eximir a las farmacéuticas  de toda responsabilidad civil.
 
Se estaba abonando el terreno para proceder a la inoculación masiva de millones de personas sanas con unos fármacos cuya composición no se había utilizado nunca previamente como vacuna, para tratar una enfermedad de baja letalidad general, y con un periodo de ensayos clínicos de pocos meses.
 
Lo inaudito de este proceso se entiende mejor si se compara con otros similares: el periodo de investigación de vacunas como la de la difteria o la poliomielitis, con una letalidad alta (hasta del 50% en el caso de la difteria), nunca fue inferior a cuatro años.
La culminación del proceso para la autorización de emergencia (en Estados Unidos) y condicional (en la UE) requería dos elementos imprescindibles e interconectados: convencer a la opinión pública de que no existía tratamiento alternativo y la neutralización de la creciente información que contradecía el discurso oficial.

Observatorio de París

Las raíces de clase de la cuestión migratoria

Publicamos este artículo que aparece en el periódico de los compañeros franceses de "L 'Internationaliste ".

Desmintiendo lugares comunes sobre la centralización a la francesa, por el momento el gobierno ha adoptado una gestión regionalizada del recrudecimiento de la epidemia. Frente al aumento de la epidemia, el 18 de marzo se han decidido los confinamientos para 16 departamentos, entre los cuales el de la región de Ile­de France. Permanece el toque de queda para todo el territorio nacional. 
Emmanuel Macron se había opuesto a las presiones del Consejo científico y de una parte de la administración, rechazando desde finales de enero la hipótesis de un confinamiento generalizado. Apunta a la aceleración de la campaña de vacunación, en lo que se parece a una competición en velocidad contra el virus, para no necesitar cerrar todo el país. 

Una nueva caída de la natalidad 

Las consecuencias de la pandemia sobre el frente demográfico se han revelado en la prensa. Según Le Fígaro, en enero de 2021 el instituto de estadística nacional (lnsee) constata una caída de la natalidad de un 13% respecto al mismo mes del año precedente. «Los demógrafos lo saben bien, todas las crisis están acompañadas por una reducción de la natalidad», comenta el periódico. 
Sin embargo, el artículo se tiñe de un cierto pesimismo porque «esta caída de los nacimientos se inscribe en una tendencia iniciada hace diez años». Se trataría de un «baby-krach» contingente que se superpone a otro «baby-krach» de naturaleza estructural. 

Normalización europea 

En otra página de este periódico hemos escrito: «Francia tiene desde hace un siglo una política natalista, que sólo ha ralentizado la caída de la natalidad, pero sin conseguir invertir la tendencia a largo plazo» ("Políticas de población comparadas"). Estamos asistiendo a una normalización de Francia respecto a las principales tendencias europeas hacia el invierno demográfico. 
Si en el pasado, en el debate político público, la denominada "excepción francesa" sobre el frente de la natalidad ha servido regularmente para motivar ciertas retóricas patrióticas contra la inmigración, ahora este argumento pierde cada vez más solidez.
El artículo citado por Le Figaro, un periódico conservador, recoge la valoración de Laurent Chalard, experto en poblaciones: Francia se acerca «a un crecimiento demográfico cercano a cero» y se vuelve «dependiente del saldo migra­torio».
Todavía es complicado valorar en qué medida esta realidad objetiva, en la opinión pública francesa, pueda favorecer la puesta en acto de una ambiciosa política de inmigración para el imperialismo europeo. En el periódico de julio agosto de
2020 hemos escrito: «Es difícil decir si la "Europa fortaleza" será capaz de hacerlo» ("Las migraciones ayudan a sostener a la población europea").

Un viejo país de inmigración 

Aunque es cierto que la cuestión migratoria es actualmente una dimensión estratégica de la reestructuración europea para todas las metrópolis del continente, el tema de la baja natalidad no es nuevo, en una Francia que ha vivido una larga fase de estancamiento demográfico desde el siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial. En aquellas décadas se puso en marcha, más precozmente que en otros países europeos, una política activa de importación de mano de obra extranjera. Desde la primera industrialización, los inmigrantes han sido una parte esencial de nuestra clase en los sectores económicos clave. Un fenómeno que se ha am­pliado con el tiempo. 
En su "Inmigrantes y descendientes de inmigrantes. Retrato social de la Francia de 2020", el Insee indica que al inicio del siglo XX en la Francia metropolitana había 1,1 millones de inmigrantes. Su número ha pasado a 2,3 millones en 1954 y a 3,9 en 1975. Entre el 1975 y el 1999 la población inmigrante en Francia ha crecido moderadamente: su peso sobre la población total ha permanecido estable entorno al 7,3%, para posteriormente retomar el aumento desde 1999, llegando a 9,9% calculado para 2019. 
El criterio adoptado para definir el status de inmigrante es el de una persona no francesa, nacida en el extranjero y residente en Francia. 

Orígenes geográficos 

El instituto de estadística subraya que el 46% de los inmigrantes presentes actualmente en Francia ha nacido en países del continente africano: tres millones de personas, de los cuales dos millones son originarios del Magreb. Entre el 2009 y el 2019 se ha asistido a un crecimiento anual del 2,7% del número de inmigrantes provenientes de África; este incremento ha sido mayor por la procedencia de los países de África subsahariana ( 4,5% ). Se ha dado en este caso un cambio de tendencia: en 1975 el 66% de los inmigrantes en Francia provenía de Europa, contra el 34% del 2019.  
Señalamos que, si las raíces coloniales pueden explicar algunos flujos de pobla­ción, el motor objetivo del fenómeno de la inmigración africana reside en el vasto proceso de disgregación de campo y de urbanización en curso en el continente. 
Dado que, parte de los países de África están habitados por poblaciones musulmanas, esto da un carácter estructural a la presencia y a la extensión de esta confesión en el metabolismo social de las poblaciones europeas. Esta tendencia es remolcada por el imperialismo europeo golpeado por la caída de los nacimientos, pero representa uno de los elementos sobre los cuales se cristalizan los miedos reaccionarios de algunas capas medias. 

La guerra de las vacunas

El 2 de marzo comenzaron en Alemania las huelgas de advertencia de los metalúrgicos. Es la forma de acción que el derecho alemán permite en la fase inicial de las negociaciones para la renovación de un contrato: solo prevé paradas de grupos limitados de trabajadores, sin el voto de los miembros, necesario en cambio para procla­mar huelgas de mayor alcance. 
Uno de los sectores más organiza­dos de nuestra clase, con más de 3,8 millones de asalariados, está experimentando la dureza del enfrentamiento contractual en la era Covid. Las posiciones de partida son claramente opuestas. 

La lucha de los metalúrgicos alemanes 

Stefan Wolf, presidente de Gesamt metall, expuso en Handelsblatt del 26 de febrero las intenciones de la asociación de industriales. El resumen figura en el título del artículo: «Este año no hay nada que distribuir». Y explica: «Primero debemos recuperarnos» y, para hacerlo, «hace falta un coste laboral más ventajoso y más flexibilidad». Excluye la posibilidad de reducciones de horas para «dividir el trabajo en varias cabezas». Por el contrario, la exigencia es la de excepciones automáticas del convenio nacional, porque «en ciertas situaciones es necesario actuar rápidamente», sin pasar por las negociaciones, «a menudo largas», con el sindicato.
Desde el frente opuesto IG Metall reitera su petición de un aumento del 4%, que puede utilizarse para reforzar los salarios o, en las empresas en reestructuración, para financiar medidas de salvaguardia de los puestos de trabajo, como la semana laboral de cuatro días. Johann Horn, jefe del sindicato en Baviera, rechaza la solicitud de derogaciones automáticas, afirmando «que está fuera de discusión para nosotros hacer variables los compo­nentes esenciales de la renta según la situación económica de la empresa» ( comunicado del 26 de febrero). 
El diario económico Handelsblatt (3 de marzo) "sugiere", sin embargo, que se juegue el resultado de la controversia justamente sobre la "variabilidad". Admite que el sindicato no puede aceptar otro Nullrunde, una renovación sin dinero, después de lo «engullido» en 2020 debido a la pandemia. Entre los efectos habría habido también una disminución del 2% de los inscritos a IG Metall. Frente a varios grandes grupos que distribuyen dividendos a los accionistas (por ejemplo, Daimler), el aumento salarial tiene sentido. Pero aquí está la cuestión, no para todas las empresas: se debería trabajar en la «diferenciación en el convenio colectivo», con un ojo puesto en las pequeñas y medianas empresas en dificultades. 

Test europeo 

La renovación del convenio de los metalúrgicos alemanes es por tanto un test sobre la capacidad de resistencia unitaria de la clase en la difícil situación actual. Y a hemos visto el resultado del choque contractual similar en Italia: un aumento salarial diluido durante más de cuatro años y absorbible en los "supermínimos", hasta el punto que puede anularse para capas amplias de trabajadores, obreros especializados y empleados. 
Ciertamente, la sucesión temporal de las dos controversias plantea inevitablemente una pregunta: ¿por qué los trabajadores de la misma categoría industrial, en Italia y en Alemania o en cualquier otro Estado europeo, luchan divididos en objetivos análogos? Es el problema de la falta de un verdadero sindicato europeo, y es también un factor evidente del debilitamiento de la fuerza contractual de los trabajadores.

Fuerza decreciente 

La pandemia, por otra parte, llega a los cuarenta años en que la fuerza sindi­cal ha ido disminuyendo. Lo ilustra el documento "Los sindicatos en transición", elaborado por la OIT, la Organización Internacional del Trabajo: un estudio sobre las tendencias a largo plazo. El sindicato paga indudablemente el declive del empleo manufacturero en los países avanzados, sector en el que históricamen­te su presencia ha sido más fuerte. Pero a esta cifra se suma la disminución de la sindicalización en las empresas manufactureras presentes de todos modos: en Europa Occidental continental ( que incluye los grandes países de Alemania, Francia, Italia y España) la misma pasó del 43 al 24% entre 1980 y 2017. 
Un factor "subjetivo" se añade a uno "objetivo": ¿en qué proporción? La OIT realiza una evaluación global de los sindicatos de la industria en 18 países de la OCDE: en unos 40 años han perdido 20 millones de miembros, una cuarta parte de los que tenían, pero la pérdida se de bió en un tercio a la pérdida de los puestos de trabajo y en los otros dos tercios a la disminución de la tasa de inscripción. Este también es el índice de un margen en el que se puede trabajar para subir. 
Un factor que pesa en esta evolución es el recambio generacional: cada año, en los países avanzados, los sindicatos deben sustituir entre el 3 y el 4% de sus miembros. Pero los recién llegados en la última década tienen una sindicalización igual a un cuarto de la de los salientes, que llegaron al trabajo en los años Setenta. Es un dato diferenciado: en Alemania se pasa del 25 al 15%, en Italia del 35 al 8, en España del 30 al 5 y en Francia del 15% a menos del 5%. El resultado es, sin embargo, inequívoco: «La edad media de los afiliados a los sindicatos en los países europeos ha aumentado a 45 años y, por término medio, el 20% de todos los a??lia­dos tiene más de 55 años, sin incluir a los pensionistas». 

Recambio generacional 

Que los jóvenes estén menos sin­dicalizados es un problema abierto. Un factor señalado es la extensión del trabajo atípico, muy extendido entre los recién contratados: por ejemplo, la tasa media de sindicalización de los trabajadores temporales es menos de la mitad de los trabajadores permanentes, 14 frente al 30%. 
Hay que considerar también la presencia de muchos jóvenes inmi­grantes, entre los cuales la sindicalización es por término medio inferior a un cuarto. Y los trabajadores inmigrantes, señala la OIT, «entre 2003 y 2013 contribuyeron al aumento de la mano de obra en un 70% y en un 47%en Estados Unidos». Un componente realmente decisivo para nuestra clase. 
El documento concluye trazando algunas hipótesis, entre ellas la de «revitalización» de los sindicatos. A este respecto, el elemento clave es la duplicación de las tasas de adhesión de los jóvenes menores de 30 años: del 11 al 22%. Entre las herramientas "recomendadas" está el proselitismo anticipado en las escuelas profesionales y en las universidades, antes de entrar en el mundo del trabajo. Una vía ya iniciada por IG Metall en Alemania, donde se practica la formación dual, que combina estudio y trabajo. No en vano, la situación de los aprendices y de los es­tudiantes duales es un punto central de la renovación contractual en curso.

Jóvenes comunistas

Reclutar jóvenes es una perspectiva que, incluso para un sindicato, requiere visión estratégica y organización, dotes en las que algunos sectores sindicales 
no parecen sobresalir. Y el mundo laboral está destinado a cambiar todav1a 
más después de la pandemia. Algunas ideas provienen del estudio McKinsey "El futuro del trabajo después del Co­vid-19", sobre las mutaciones previstas en algunos grandes Estados. En 2030, en Alemania, 10,4 millones de trabajadores tendrán que adquirir nuevas capacidades cambiar de profesión bajo la presión de los procesos de automatización y digitalización acelerados por la pandemia. En Francia serán 6,4 millones.

Pero éste es solo un aspecto del cambio, porque el mundo entero cambiará, en el fuego de las tensiones que animarán la contienda mundial de los nuevos años Veinte. La organización para la defensa del salario y de las condiciones de trabajo solo puede ser una parte de un compromiso que mira al futuro de toda la sociedad, a la lucha por una forma superior de convivencia humana. Los jóvenes pueden sentirse atraídos, porque precisamente los jóvenes serán los protagonistas. 

China y el Vaticano en un orden que vacila

Hace dos años definimos el acuerdo entre Pekín y el Vaticano sobre el nombramiento de los obispos como un «punto de inflexión histórico» de alcance secular. El acuerdo, que se produjo en «un momento de áspero enfrentamiento sobre el ascenso de China a potencia global», marcó la «contienda multipolar». Hoy, la renovación de ese acuerdo todavía definido como «provisional»- se lleva a cabo superando fuertes resistencias, dentro y fuera de la Iglesia, mientras que el enfrentamiento en ascenso de China ha subido de nivel. 
La pandemia secular azota con su carga de vidas humanas, pero la «batalla por la recuperación» ya ha comenzado, con implicaciones decisivas en el enfrentamiento estratégico entre las potencias. Sea cual sea el resultado de las presidenciales estadounidenses, según la valoración de Le Monde, la tensión entre Washington y Pekín «no se aplacará por sí sola». Los europeos parecen dispuestos a dejar de lado «la ingenuidad» que han demostrado en los últimos años, para adoptar un lenguaje más decisivo. En cuanto a China, señala el diario francés, se está recuperando más rápido de la crisis. Esto le permite «anotar puntos» respecto al objetivo de convertirse en la mayor potencia económica, pero su «éxito relativo» promete reavivar una «guerra comercial» de dimensión, esta vez, «mundial».

Hostilidad americana 

En esa. situación, la oposición de la Administración estadounidense se ha manifestado pisoteando toda etiqueta diplomática. Si el Vaticano renovara el acuerdo provisional, escribió Mike Pompeo en First Things, una revista cristiana conservadora, «pondría en peligro su autoridad moral». La «intimidación», así la ha definido «Avvenire», ha llegado tarde. La campaña electoral para las elecciones presidenciales, período en el que se deja de lado todo código de conducta, no solo diplomático, puede decir mucho sobre las formas elegidas, pero no es el único aspecto a considerar. Los ámbitos bergoglianos han denunciado durante mucho tiempo el uso político de la religión, y el cristianismo se ha vuelto a proponer como «núcleo duro» de la civilización occidental en apoyo de «estrategias políticas de la Administración estadounidense» (Andrea Tornielli, Gianni Valente, Il giorno del giudizio, Piemme, 2018). 
Por añadidura, no faltan los imitadores italianos, más o menos torpes. Es poco plausible la hipótesis de el Secretario de Estado americano se pusiera el objetivo de hacer descarrilar el acuerdo, aunque, tal y como anota Massimo Franco, en septiembre de 2018, la conciencia vaticana de las «fuertes perplejidades» de la presidencia Trump empujó a Roma y a Pekín a dar una aceleración, por el miedo a que Washington «pudiese desbaratarlo» (L'enigma Bergoglio, Solferíno, 2020).Como mínimo, el episodio se engloba en la acción constante de la Administración americana dirigida a desligitimar el acuerdo.